Aquella mañana, Diego se demoró demasiado frente al espejo.
Llevaba puesto su mejor traje: un corte impecable, zapatos relucientes y ni un solo cabello fuera de su sitio. Sin embargo, algo no encajaba. Se desanudó la corbata y volvió a empezar.
Torcida. Imprecisa. No era la adecuada.
La cambió por otra de un color distinto y repitió el mismo movimiento una decena de veces, hasta que sintió los dedos rígidos. Diego observó su reflejo con el rostro inexpresivo. Visualmente, no había tacha algu