La sala de juntas de la planta treinta y dos solía ser el lugar más temido del edificio. Su silencio no era de los que calman, sino de los que pesan; un silencio que obligaba a cada ejecutivo a sopesar cada sílaba antes de dejarla salir. Nadie quería atraer la atención más de lo necesario cuando Diego Montenegro presidía la mesa.
Sin embargo, hoy era distinto.
La presentación seguía su curso. Los gráficos y las cifras se sucedían en la gran pantalla, pero la tensión eléctrica que solía eriza