Mundo ficciónIniciar sesiónEl asistente se inclinó, con la respiración agitada, en medio del silencio asfixiante del estacionamiento. Sus dedos temblaban violentamente mientras recogía los billetes del asfalto, uno por uno, como si estuviera recomponiendo los restos de su propia dignidad. Los juntó con movimientos apresurados, sintiendo la mirada fría de su jefe clavada en su nuca.
Maldición. Maldición. Maldición.
No dejaba de maldecir para sus adentros. Aquella mujer loca realmente lo había metido en un grave problema. Quién sabe qué quedaría de su carrera una vez que estallara la tormenta de furia de su señor.
—Señor Montenegro, aquí tiene... el dinero —le entregó los billetes con las manos aún temblorosas.
Diego ni siquiera le dedicó una mirada al dinero. Sus ojos fríos permanecían fijos en la oscuridad, en el punto exacto donde el Ferrari rojo acababa de desaparecer.
—Contacta con todas nuestras sucursales —ordenó Diego. Su voz era baja y plana, pero cargada de una autoridad incuestionable.
El asistente parpadeó, aturdido por un momento. —¿Señor?
—Todas las sucursales en cada país —Diego giró la cabeza lentamente, con una mirada inquisidora—. Ordénales que compren ese muñeco. No solo uno; quiero la serie completa de esta edición limitada. Quiero que todo esté frente a mí en un plazo de tres horas.
El asistente tragó saliva con dificultad. ¿Tres horas para reunir una colección rara de todo el mundo? —S-sí, señor. De inmediato.
—Y averigua quién es esa mujer.
En la camioneta que avanzaba por las calles, Diego estaba sentado con las piernas perfectamente cruzadas. Sus dedos tamborileaban suavemente sobre el reposabrazos —tap, tap, tap—, un ritmo que creaba una tensión sofocante en la cabina. El asistente conducía con total cautela, mirando ocasionalmente por el espejo retrovisor. Su jefe parecía demasiado tranquilo, una calma que resultaba antinatural.
Entonces, el asistente lo vio. Una ligera curva apareció en la comisura de los labios de Diego Montenegro. Era una sonrisa.
El asistente se sobresaltó y casi pierde el control del volante, por poco chocando contra la acera. En cinco años de trabajo, nunca había presenciado algo así. Había visto a Diego firmar contratos de miles de millones de euros sin expresión alguna, o destruir imperios comerciales de la competencia de la noche a la mañana sin inmutarse. Incluso el día del funeral de su padre, Diego se mantuvo erguido como una estatua de mármol, intocable por el dolor.
¿Pero una sonrisa? Eso no debería existir en el diccionario de un hombre como Diego Montenegro.
En el asiento trasero, Diego seguía absorto en la imagen de la mujer. Su memoria repetía aquel rostro lleno de ira, con ojos que brillaban como fuego. La mujer estaba claramente loca, pero había algo salvaje y cautivador en ella.
***
El estridente sonido de la alarma sacó a Elena de su profundo sueño. Sentía los párpados pesados mientras buscaba el teléfono bajo la almohada, sintiendo que su descanso no había sido suficiente. Tomó el dispositivo y apagó el ruido bruscamente.
No sabía a qué hora se había quedado dormida finalmente. Su mente era un caos porque la imagen de aquel hombre no dejaba de aparecer, perturbando su descanso. Elena se sentó en el borde de la cama, mirando al vacío con las piernas colgando. Sentía el cuerpo rígido y sus músculos parecían protestar mientras intentaba ponerse de pie. Sin embargo, sabía que no tenía tiempo que perder.
Su teléfono vibró, mostrando un mensaje de su madre.
[Mamá]: "Elena, ¿a qué hora llegarás al hospital? Lucía pregunta por ti desde hace un rato. Está muy emocionada".
El mensaje le dio un pequeño impulso de energía. Respondió rápidamente y se dirigió al baño. Dejó que el agua caliente cayera sobre su espalda durante un buen rato, intentando relajar los músculos tensos por el estrés de la noche anterior.
Tras sentirse un poco más fresca, se puso un vestido blanco sencillo y dejó su cabello aún húmedo suelto. Frente al espejo, se aplicó un maquillaje ligero, solo para asegurarse de no verse demasiado pálida al encontrarse con Lucía. Antes de salir, tomó la caja de Labubu de la mesita de noche. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios al imaginar la felicidad de Lucía al ver el muñeco.
Elena respiró hondo, intentando sacudirse los restos de ansiedad que aún la perseguían. No quería que sus padres, y mucho menos Lucía, notaran la preocupación en su rostro. Mientras tomaba su bolso, se aseguró una vez más de que la caja de Labubu estuviera segura en sus manos.
El Ferrari rojo avanzaba bajo el cielo brillante de la mañana hacia el hospital. Al llegar, Elena se dirigió directamente a la habitación 507. Dentro ya estaban su padre y su madre. Sin embargo, la atención de Elena se centró por completo en Lucía. Aunque su rostro seguía pálido, los ojos de la pequeña de siete años brillaron al instante al ver la caja que traía su hermana.
—¡HERMANA! ¡¿Es un Labubu?! —exclamó Lucía con una voz llena de alegría.
Elena se acercó con una sonrisa radiante. —¿Acaso no te lo había prometido?
Con las manos temblando de emoción, Lucía abrió la caja. Al ver el muñeco de edición limitada más raro del mundo en su interior, soltó un pequeño grito, un sonido que hizo que su madre no pudiera contener las lágrimas de emoción.
—Hermana, esta... ¡esta es la serie más difícil de encontrar! ¿Cómo pudiste conseguirlo? —Lucía abrazó el muñeco con fuerza contra su pecho.
Elena se sentó al borde de la cama, acariciando suavemente el cabello de Lucía, que empezaba a escasear debido a las quimioterapias. —Es un secreto —bromeó con tono juguetón—. Lo más importante es que seas feliz.
—¡Soy muy feliz, hermana! ¡Muchas gracias! —Lucía abrazó a Elena con un brazo, mientras con el otro seguía sujetando con fuerza su Labubu.
Elena sintió el pequeño cuerpo de su hermana temblar ligeramente en sus brazos. Su corazón se desbordó de amor y esperanza. —Te lo prometo —susurró Elena al oído de Lucía—. Encontraré al mejor médico del mundo para curarte. Confía en mí.
En medio de aquel momento emotivo, se escuchó un golpe suave en la puerta. Todos se giraron cuando la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de un hombre alto con un traje impecable. Su rostro apuesto lucía una sonrisa cálida dirigida de inmediato a Elena.
—¿Ya llegaste?
Elena se acercó enseguida y lo abrazó.







