La puerta de la habitación 507 se abrió sin previo aviso.
Todas las miradas convergieron en el umbral al mismo tiempo. Elena se quedó petrificada ante la silueta que dominaba la entrada, una figura que parecía absorber toda la luz de la estancia.
Diego Montenegro.
De repente, la habitación se volvió asfixiante, como si el oxígeno hubiera sido succionado de golpe. Roberto de la Vega se puso en pie de inmediato; fue un acto reflejo, la reacción instintiva de un hombre que se sabe frente a un