Mundo ficciónIniciar sesiónPaul
—¡Le he dicho que tome sus cosas y se vaya! —grité.
Mi voz resonó por todo el pent-house, rompiendo el silencio que hasta hacía unos segundos reinaba en la casa.
Frente a mí, Marcel permanecía inmóvil. Sus ojos estaban completamente cristalizados y el ligero temblor de sus labios dejaba claro que luchaba por contener el llanto. Apenas llevaba una semana trabajando para mí y, aun así, ya había cometido el mismo error que todas las anteriores.
—Pero, señor...
Negué con la cabeza antes de que pudiera terminar la frase.
—No.
No hacía falta escuchar más excusas.
Cualquiera que presenciara aquella escena pensaría que yo era un hombre despiadado. Después de todo, estaba despidiendo a la tercera ama de casa en menos de una semana. Sin embargo, nadie conocía el verdadero motivo. Todas llegaban asegurando que comprendían las reglas de la casa, pero ninguna era capaz de respetarlas.
—Papi...
La pequeña voz de Ximena me hizo levantar la vista.
Mi hija apareció en la puerta de su habitación abrazando con fuerza un viejo oso de peluche. Sus enormes ojos verdes, idénticos a los de su madre, pasaban de Marcel a mí con evidente confusión.
Sentí un incómodo nudo en el pecho.
Odiaba que presenciara escenas como aquella.
—Vuelve a tu habitación, muñeca.
Ella no se movió de inmediato.
Miró a Marcel, que ya no podía contener las lágrimas, y luego volvió a fijarse en mí, esperando una explicación que, sinceramente, no sabía cómo darle.
—Ve, cariño.
Esta vez obedeció.
Bajó la cabeza y dio media vuelta con pasos lentos, aferrándose aún más a su peluche antes de desaparecer detrás de la puerta.
Verla marcharse de esa manera me hizo sentir peor de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Le pido una disculpa, señor White. Yo solo quería ayudar...
—Marcel... —la interrumpí mientras me masajeaba la nuca—. No haga esto más difícil para ninguno de los dos.
La joven agachó la cabeza.
Podía notar su decepción, pero mi decisión estaba tomada desde hacía varios minutos.
Respiré hondo antes de dirigirme hacia las escaleras.
Al bajar al primer piso encontré, como imaginaba, a la señora Vel esperándome con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba tantos años trabajando para mi familia que, en ocasiones, olvidaba que solo era la ama de llaves. Desde que mis padres murieron, siempre estuvo presente para ayudarme, y después del nacimiento de Ximena se convirtió en una figura indispensable dentro de la casa.
—¿De verdad cree que despedir a tantas muchachas en tan poco tiempo es una buena idea? —preguntó con calma.
Suspiré.
—No he dicho que sea una buena idea. Solo quiero que respeten las reglas. Las conocen desde el primer día y aun así terminan rompiéndolas.
La señora Vel guardó silencio durante unos segundos.
—Tal vez no sean ellas el problema.
La miré de reojo.
—¿Qué quiere decir?
—Que quizá está buscando a la persona correcta en el lugar equivocado.
No respondí.
Sabía que intentaba hacerme reflexionar, pero no estaba dispuesto a discutir sobre el tema.
En ese momento escuché los pasos de Marcel bajando la escalera con una pequeña maleta en la mano.
Sus ojos seguían enrojecidos.
Por un instante sentí culpa.
No porque creyera haber tomado una mala decisión, sino porque despedir personas nunca sería algo agradable.
Sin embargo, tampoco podía permitir que alguien ignorara las reglas de mi casa.
Ya había aprendido que, cuando una de ellas cruzaba esa línea, tarde o temprano todo terminaba complicándose.
—Ya estoy lista, señor —dijo Marcel con la voz quebrada.
Asentí sin mirarla directamente.
—David la está esperando en el estacionamiento. Él la llevará a casa.
Saqué un sobre del cajón de la consola que estaba junto a la entrada y se lo extendí.
—Aquí está el pago de esta semana. Además, le daré una recomendación a algunos compañeros de trabajo. Espero que consiga un empleo pronto.
Marcel tomó el sobre con manos temblorosas.
—Gracias... a pesar de todo.
La señora Vel se acercó y le dedicó una sonrisa llena de ternura.
—Cuídese mucho, hija.
Marcel asintió y caminó lentamente hasta el ascensor. Esperé en silencio mientras las puertas se abrían. La vi entrar con su pequeña maleta y, segundos después, las puertas se cerraron frente a ella.
La casa volvió a quedar en un silencio incómodo.
—¿Quiere que le prepare algo de comer? —preguntó la señora Vel.
Negué con la cabeza.
—No, gracias. Iré a buscar una nueva candidata antes de que termine el día.
Ella suspiró con resignación.
—Ojalá esta vez tenga mejor suerte.
Subí las escaleras hasta mi oficina. Era una habitación amplia, con un gran ventanal que ofrecía una vista completa de la ciudad. Antes disfrutaba contemplar el paisaje desde allí. Ahora solo era un lugar donde pasaba más horas de las que debía.
Encendí el portátil y entré a la plataforma donde normalmente encontraba a las empleadas domésticas.
Nada.
Ni una sola solicitud nueva.
Actualicé la página una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Seguía igual.
—Increíble... —murmuré para mí mismo—. Parece que nadie quiere trabajar aquí.
No me sorprendía demasiado. Si las antiguas empleadas hablaban entre ellas, seguramente mi nombre ya se había ganado una pésima reputación.
Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla y cerré los ojos durante unos segundos.
Tal vez la señora Vel tenía razón.
Tal vez el problema era yo.
Pero enseguida aparté ese pensamiento.
No.
Las reglas existían por una razón.
La primera protegía mi privacidad.
La segunda protegía a Ximena.
Y la tercera... la tercera protegía mi corazón.
No estaba dispuesto a volver a pasar por el mismo infierno.
Me levanté dispuesto a ir a ver a mi hija cuando el sonido de una notificación rompió el silencio de la habitación.
Volví sobre mis pasos.
Un nuevo correo electrónico.
El asunto llamó mi atención de inmediato.
Asunto: Quiero una entrevista.
Fruncí ligeramente el ceño y abrí el mensaje.
Buenas tardes, señor Paul White.
Me encuentro en busca de empleo y recibí una recomendación sobre el puesto disponible en su pent-house. Me gustaría tener la oportunidad de asistir a una entrevista para presentarme personalmente, ya que considero importante que ambas partes podamos conocernos antes de tomar una decisión.
Tengo disponibilidad inmediata y puedo adaptarme al horario que usted considere conveniente.
Quedo atenta a su respuesta.
Atentamente,
Dalana Petsh.
Leí el mensaje una segunda vez.
Y luego una tercera.
Era breve, educado y transmitía una seguridad poco común.
Por primera vez en varios días sentí curiosidad por una candidata.
Sin pensarlo demasiado, comencé a escribir la respuesta.
La cité para el día siguiente a las nueve de la mañana en el pent-house y le envié la dirección completa.
Antes de pulsar Enviar, me di cuenta de un pequeño detalle.
No tenía fotografía de perfil.
No sabía cuántos años tenía.
No sabía cómo era.
Ni siquiera podía imaginar el rostro de la mujer que acababa de escribir aquel correo.
Solté una pequeña risa irónica.
Quizá era mejor así.
Lo único que realmente me interesaba era que supiera respetar las tres reglas de la casa.
Nada de meterse en mis asuntos.
Nada de encariñarse conmigo.
Y, sobre todo, nada de atracción, romance o cualquier vínculo que complicara nuestra relación laboral.
Las mismas reglas que ninguna mujer había sido capaz de cumplir.
Cerré el portátil y me puse de pie.
Tal vez Dalana Petsh sería diferente.
O tal vez, al igual que las demás, solo estaba destinada a convertirse en otro nombre más en la larga lista de personas que habían pasado por mi casa.
Sin saberlo, la entrevista del día siguiente estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.







