Mundo ficciónIniciar sesiónSiempre me había considerado una mujer segura de mí misma.
Mientras muchas personas confesaban sentirse intimidadas por las entrevistas de trabajo, yo las veía como una oportunidad para demostrar quién era. Nunca creí que la belleza definiera si alguien conseguía un empleo, ni que un título universitario fuera suficiente para medir el valor de una persona. Si algo había aprendido de mi madre era que la actitud abría más puertas que cualquier currículum.
Por eso, cuando llegué al pent-house de Paul White, esperaba encontrarme con un hombre frío, autoritario y con un ego imposible de soportar. Su correo había sido tan directo que incluso imaginé a un empresario incapaz de sonreír.
Pero me equivoqué.
Sí, era serio.
Sí, hablaba con una seguridad que imponía respeto.
Pero detrás de esa mirada había algo más.
Algo que todavía no lograba descifrar.
Recordé la forma en que había bajado la mirada al mencionar a su esposa. El dolor seguía allí, aunque intentara esconderlo detrás de aquellas tres reglas tan extrañas.
Y, siendo completamente sincera conmigo misma...
Era ridículamente guapo.
Tenía unos ojos verdes que llamaban la atención desde el primer instante, el cabello rubio cuidadosamente peinado hacia atrás y una sonrisa que, aunque apenas aparecía, cambiaba por completo la expresión de su rostro.
Cualquier mujer podría sentirse atraída por él.
Por suerte para mí, nunca había sido de las que se dejaban impresionar solo por un buen físico.
—¿Me podría explicar por qué existen esas reglas? —pregunté con curiosidad.
Paul permaneció serio.
—Solo no las rompa y todo irá bien.
Lo observé unos segundos antes de sonreír.
—¿Eso significa que tengo el trabajo?
Él asintió.
Sentí una enorme satisfacción recorrerme el cuerpo.
Lo había conseguido.
Después de tantos días enviando solicitudes, por fin tenía un empleo.
Y, de alguna manera, sentía que mi madre estaría orgullosa de mí.
—Muchas gracias, señor.
—Antes de seguir agradeciéndome, hay algunas condiciones que debe conocer. Después de escucharlas decidirá si sigue interesada.
Asentí.
—Lo escucho.
—A partir de ahora quiero que me trate de usted. Todos los empleados de esta casa lo hacen.
Elevé ligeramente las cejas, pero preferí no discutir.
—Está bien.
—Además, necesitaré que viva aquí.
Parpadeé.
—¿Mud... mudarme?
—Tendrá una habitación para usted. Puede decorarla como desee.
Fruncí el ceño.
—Pero puedo venir cada mañana desde mi apartamento.
—Sería una pérdida de tiempo. Aquí tendrá alojamiento, comida y estará disponible cuando la necesitemos.
No era una propuesta que hubiera imaginado.
Lo primero que pasó por mi cabeza fue mi pequeño apartamento.
Y, por supuesto...
—¿Qué haré con mi gato?
Por primera vez desde que comenzó la entrevista, la expresión de Paul cambió.
—¿Tiene un gato?
Asentí con una sonrisa.
—Sí. Se llama Oreo.
Él arqueó una ceja.
—¿Oreo? ¿Como las galletas?
No pude evitar reír.
—No exactamente. Es blanco con manchas negras, por eso mi mamá decidió ponerle ese nombre cuando lo adoptamos.
Paul soltó una leve risa por lo bajo.
La primera que le escuchaba.
—Entonces fue idea de su madre.
—Sí... aunque con el tiempo descubrimos que también le queda por su personalidad.
—¿Por qué?
—Porque es adorable cuando quiere... y un pequeño demonio cuando se le ocurre.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Entonces Paul negó con la cabeza con una expresión que parecía debatirse entre la seriedad y una sonrisa.
—Definitivamente es usted una mujer muy particular.
—Eso dice todo el mundo.
—Puede traerlo. Ximena estará encantada de tener un animal cerca.
La sola idea hizo que sonriera aún más.
Oreo también tendría un nuevo hogar.
—¿Ximena es su hija? —pregunté.
Paul asintió.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco.
Por alguna razón, todavía me costaba creerlo. Se veía demasiado joven para tener una niña de cinco años, aunque la forma en la que hablaba de ella dejaba claro que era la persona más importante de su vida.
Me armé de valor antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Puedo preguntarle algo un poco personal?
Esperaba que se negara. Después de todo, acababa de imponerme tres reglas y la primera era no meterme en sus asuntos. Sin embargo, para mi sorpresa, asintió.
—¿Cuántos años tiene?
—Treinta y uno.
Abrí ligeramente los ojos.
—La verdad... pensé que tenía menos.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Gracias. Supongo que debo tomarlo como un cumplido.
—Lo es.
Paul abrió nuevamente mi hoja de vida y recorrió algunos datos con la mirada.
—Usted tiene veintiocho.
Asentí.
—Y yo creía que tenía unos veinticuatro.
No pude evitar reír.
—Eso me lo dicen muy seguido.
Durante unos segundos el ambiente se volvió sorprendentemente relajado.
—Creo que la vida nos ha tratado bastante bien —comenté.
—Tal vez.
Cerró la carpeta y volvió a mirarme con esa expresión seria que parecía acompañarlo a todas partes.
—Hay otra cosa.
Enderecé la espalda.
—Cuando le pedí que me hablara de usted, también me refería a que evitara llamarme por mi nombre. Aquí soy el señor White.
Tuve que hacer un enorme esfuerzo para no sonreír.
Aquel hombre era exageradamente estricto.
—Entendido, señor White. No volverá a ocurrir.
Por un instante tuve la impresión de que había notado que estaba conteniendo la risa, pero decidió ignorarlo.
—El pago será semanal, todos los viernes.
Asentí.
—Como es la primera vez que trabaja en algo como esto, quiero que usted misma me diga cuánto considera justo ganar.
Aquella pregunta me tomó por sorpresa.
Nunca nadie me había pedido que eligiera mi propio salario.
Pensé unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Prefiero que lo decida usted. Honestamente, no sabría qué cantidad pedir.
Él pareció conforme con mi respuesta.
Se puso de pie y rodeó la mesa.
—Entonces venga. Quiero presentarle a las personas con las que convivirá a partir de ahora.
Me levanté y lo seguí fuera de la oficina.
Mientras caminábamos por el pasillo, no pude evitar observar el lugar con más atención. Todo estaba impecablemente limpio, los muebles tenían un estilo moderno y los enormes ventanales permitían que la luz inundara cada rincón del pent-house.
Era una casa elegante.
Pero, de alguna manera, también se sentía demasiado silenciosa.
Llegamos hasta la cocina.
La señora Vel removía una olla de espaguetis cuyo aroma hizo que mi estómago protestara discretamente.
—Señora Vel —dijo Paul—, ella es Dalana Petsh. A partir de hoy será la nueva ama de casa.
La mujer secó sus manos en el delantal antes de acercarse.
—Bienvenida, señorita.
Su voz transmitía una calidez que inmediatamente me hizo sentir cómoda.
—Muchas gracias.
Nos estrechamos la mano y, antes de que pudiera decir algo más, el ascensor anunció su llegada con un sonido.
Las puertas se abrieron.
Un hombre mayor, de rasgos asiáticos, salió acompañado por otro de piel morena y complexión fuerte.
—Él es el señor Rot Yin. Se encarga del jardín.
El hombre hizo una pequeña inclinación con la cabeza.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Paul señaló al otro.
—Y él es David, mi chofer.
—Y, por ahora, también el suyo —añadió David con una sonrisa amable.
Reí por lo bajo.
—Espero no darle mucho trabajo.
—Eso dependerá de cuánto quiera salir.
Todos soltaron una pequeña risa.
Por primera vez desde que había llegado al pent-house sentí que el ambiente dejaba de ser tan tenso.
En ese momento unas pequeñas pisadas llamaron nuestra atención.
Al volverme, vi a una niña rubia bajar lentamente las escaleras abrazando un oso de peluche. Llevaba un pijama de unicornios y el cabello ligeramente despeinado, como si acabara de despertar.
Sus enormes ojos verdes recorrieron la habitación hasta detenerse en mí.
—Papi... ¿quién es ella?
Paul caminó hasta la pequeña y la levantó en brazos con una delicadeza que contrastaba completamente con el hombre serio que había conocido en la oficina, le dio un beso en la mejilla y la dejo en el suelo.
Su voz también cambió.
Se volvió mucho más suave.
—Princesa, ella es Dalana. Va a trabajar con nosotros.
Después me miró.
—Dalana, ella es Ximena.
Sonreí instintivamente.
Me agaché un poco para quedar a su altura y le tendí la mano.
La niña la observó durante unos segundos antes de tomarla con una enorme sonrisa.
—¿Te gusta jugar a las muñecas?
Solté una pequeña risa.
—Muchísimo.
Sus ojos brillaron de emoción.
—¿Entonces quieres jugar conmigo?
Levanté la mirada hacia Paul.
Él también me observaba, esperando mi respuesta.
Y, por primera vez desde que crucé la puerta de aquel pent-house, tuve la sensación de que conseguir ese trabajo implicaba mucho más que mantener una casa limpia.
Tal vez, sin saberlo, acababa de aceptar formar parte de una familia que llevaba demasiado tiempo intentando mantenerse unida.







