Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente desperté antes de que sonara la alarma.
No era algo extraño en mí. Solía levantarme temprano, revisar correos, adelantar pendientes de la empresa y fingir que tener una rutina estricta era lo mismo que tener la vida bajo control. Pero esa mañana había algo diferente.
La entrevista.
Dalana Petsh.
No sabía nada de ella más allá de aquel correo breve, directo y demasiado seguro para alguien que estaba solicitando un empleo como ama de casa. Y, aun así, había pasado parte de la noche anterior releyéndolo como si entre esas líneas pudiera encontrar alguna advertencia.
No podía permitir que una desconocida me pusiera nervioso.
Mucho menos antes de conocerla.
Bajé las escaleras con el saco del traje ajustado y la expresión más serena que pude fingir. En la sala, Ximena estaba sentada sobre la alfombra, jugando con sus muñecas como si el mundo entero pudiera reducirse a vestidos pequeños, voces inventadas y una casa de plástico.
—Buenos días, princesa —dije.
Mi hija levantó la mirada.
Sus ojos verdes, tan parecidos a los de su madre, se encontraron con los míos. Me regaló una sonrisa pequeña, sin mostrar los dientes. Una sonrisa educada. Una sonrisa que dolía más que el silencio.
—Buenos días, papi.
Quise acercarme, sentarme junto a ella, preguntarle a qué jugaba. Pero el reloj en mi muñeca me recordó que faltaban pocos minutos para las nueve.
Otra vez elegía el tiempo sobre ella.
—Buenos días, señor Paul —saludó la señora Vel desde la cocina—. ¿Gusta una taza de café?
—Sí, por favor. Estaré en la oficina de entrevistas. A las nueve llegará una candidata. En cuanto suba, diríjala conmigo.
—Como usted diga.
Caminé hacia la pequeña puerta ubicada en el primer piso, justo al lado del pasillo principal. Esa oficina no era como la de arriba, llena de documentos, contratos y pantallas encendidas. Esta era sencilla, casi fría. Una mesa rectangular de seis puestos, dos sillas enfrentadas en los extremos y nada más.
La había diseñado así por una razón.
Distancia.
Profesionalismo.
Control.
Me senté en uno de los extremos y esperé.
Pasaron casi veinte minutos antes de que la puerta se abriera.
La señora Vel entró primero con mi taza de café en las manos. Pero mi atención no se quedó en ella.
Detrás venía una mujer de cabello castaño, largo hasta casi la mitad de la espalda, con un flequillo suave sobre la frente. Era más alta que Vel, pero lo bastante baja como para que, al verla acercarse, su cabeza apenas alcanzara la altura de mi pecho.
Me puse de pie por simple cortesía.
O eso intenté decirme.
—Señor Paul —anunció Vel, dejando la taza frente a mí—, la joven de la entrevista ha llegado.
La mujer avanzó con seguridad, sin bajar la mirada.
—Buenos días, Paul. Mi nombre es Dalana Petsh. Soy la chica de la entrevista.
Extendió su mano.
La tomé.
Y durante un segundo, solo uno, olvidé todas mis reglas.
Durante unos segundos me limité a observarla.
Tenía la piel clara, unos ojos azules imposibles de ignorar y una expresión serena, como si aquella entrevista no le provocara el menor nerviosismo. Era, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa que había cruzado la puerta de aquella oficina.
Tragué saliva y solté su mano antes de que notara que llevaba más tiempo del necesario estrechándola.
—Soy Paul. Bienvenida.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Lo sé. Lo decía el correo... y también el nombre de la puerta.
No pude evitar carraspear, ligeramente incómodo.
—Cierto... Puede tomar asiento.
Dalana obedeció sin perder aquella tranquilidad que parecía acompañarla a todas partes.
La señora Vel dejó el café sobre la mesa y se volvió hacia ella.
—¿Le gustaría tomar algo, jovencita?
—Un café con dos de leche, por favor.
Vel asintió y salió de la oficina, dejándonos completamente solos.
El silencio no resultó incómodo para ella.
Para mí, sí.
Dalana abrió su bolso y deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí está mi hoja de vida.
La tomé y comencé a revisarla. Fotografía, datos personales, estudios universitarios y experiencia laboral.
Licenciada en Educación.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Creo que no hace falta que la lea —comentó ella con naturalidad—. Puede preguntarme directamente lo que quiera saber.
Levanté la vista.
—¿Y quién me asegura que no memorizó todo lo que aparece aquí para engañarme? Podría estar aquí para robarme.
Apenas terminé la frase comprendí lo dura que había sonado.
Sin embargo, Dalana no se ofendió.
Al contrario.
Soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Entonces haga preguntas que no estén escritas ahí.
Apoyó el codo sobre la mesa y descansó la barbilla en la palma de su mano.
—Lo que quiera.
Por primera vez desde que comenzó la entrevista, sonreí apenas unos milímetros.
Aquella mujer no parecía intimidarse con facilidad.
—¿Por qué busca este trabajo si tiene un título universitario?
Su expresión cambió ligeramente.
—Porque me encanta enseñar, pero descubrí que no quiero pasar el resto de mi vida haciendo siempre lo mismo.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Trabajé varios años, ahorré todo lo que pude, compré un departamento y un automóvil. No tengo deudas ni responsabilidades que me obliguen a seguir en esa profesión. Quiero empezar de nuevo.
La observé en silencio.
No esperaba una respuesta tan sincera.
—¿Y por qué no buscar trabajo en otra empresa?
Sonrió con ironía.
—Porque para un banco soy maestra. Para un hospital soy maestra. Para una empresa también soy maestra. Parece que un título decide quién eres para siempre.
No pude discutirle eso.
Tenía razón.
Cerré la carpeta.
—Debe saber que el trabajo aquí no es sencillo. La casa es grande y necesito que todas las habitaciones permanezcan impecables, especialmente la de mi hija.
Sus cejas se elevaron.
—¿Tiene una hija?
Asentí.
—Sí.
Miró automáticamente mi mano izquierda.
—Pensé que estaba casado... pero no lleva anillo.
Sentí un peso en el pecho.
Era una pregunta inevitable.
Bajé la vista unos segundos.
—Mi esposa falleció hace cinco años.
El brillo de curiosidad desapareció de inmediato de sus ojos.
—Lo siento mucho... No debí preguntar.
—No se preocupe. Si va a trabajar aquí, es normal que quiera saber quién vive en esta casa.
Durante unos segundos ninguno habló.
Fue Dalana quien rompió el silencio.
—Mi madre murió hace un mes.
La miré sorprendido.
—Ella trabajó toda su vida como ama de casa. Gracias a ese trabajo pudo pagar mi universidad.
Sonrió con nostalgia.
—Cuando vi su anuncio... pensé que estaría feliz de saber que, por primera vez, sería yo quien haría un trabajo del que ella siempre estuvo orgullosa.
No supe qué responder.
Simplemente asentí.
—Lamento mucho su pérdida.
—Gracias.
El ambiente había cambiado por completo.
Ya no parecía una entrevista.
Parecía la conversación de dos desconocidos unidos por la misma ausencia.
Decidí volver al motivo de aquella reunión.
—Antes de ofrecerle el puesto necesito dejar claras tres reglas.
Ella cruzó las manos sobre la mesa.
—Lo escucho.
—Primera. No se meta en mis asuntos personales.
—Entendido.
—Segunda. No se encariñe conmigo. Soy su jefe, no su amigo.
Dalana volvió a asentir.
Levanté un tercer dedo.
—Y la última. Nada de atracción, relaciones sentimentales o cualquier vínculo que pueda resultar incómodo entre nosotros.
Un silencio de apenas un segundo llenó la oficina.
Después...
Dalana soltó una pequeña carcajada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué le parece tan gracioso?
Ella intentó contener la risa.
—Perdón... es que esa tercera regla puede quedarse tranquilo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Se encogió ligeramente de hombros.
—No es mi tipo.
La respuesta me tomó completamente por sorpresa.
En trece entrevistas ninguna mujer había dicho algo semejante.
La mayoría intentaba agradarme.
Ella acababa de hacer exactamente lo contrario.
Y, por alguna extraña razón...
No pude dejar de pensar en ello mientras la veía levantarse de aquella silla.







