CAPÍTULO CUATRO.

Paul.

No podía negar que conocer a Dalana había resultado muy diferente a lo que imaginé.

Cuando recibí su correo pensé que, como tantas otras, terminaría rechazando el trabajo al escuchar las condiciones. Cualquiera en su lugar habría dado media vuelta después de conocer las reglas o al enterarse de que debía mudarse al pent-house.

Sin embargo, ella había aceptado.

Sin discutir.

Sin intentar negociar.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, sentía un enorme alivio al saber que, por fin, alguien ocuparía aquel puesto sin que yo tuviera que volver a empezar desde cero.

—David puede llevarla a su departamento para recoger sus cosas más importantes —dije mientras guardaba la carpeta con su hoja de vida—. El resto puede traerlo durante el fin de semana.

Dalana sonrió con amabilidad.

—Perfecto. ¿Sigue en pie lo de traer a mi gato?

Antes de que pudiera responder, Ximena abrió los ojos como platos.

—¿Tienes un gato?

En cuestión de segundos ya estaba frente a Dalana, dando pequeños saltitos de emoción.

—¡Yo quiero conocerlo! ¡Nunca he tenido un gato! ¿Cómo se llama? ¿Es grande? ¿Puedo jugar con él? ¿Le gustan los niños?

Las preguntas salían una detrás de otra sin darle siquiera tiempo para respirar.

Dalana soltó una pequeña carcajada.

—Sí, tengo un gato. Se llama Oreo.

—¡Qué nombre más bonito! —exclamó Ximena.

—Es blanco con manchas negras. Mi mamá le puso ese nombre cuando lo adoptamos porque decía que parecía una galleta Oreo.

La sonrisa de Dalana cambió apenas mencionó a su madre.

Fue un cambio tan sutil que probablemente nadie más lo habría notado.

Pero yo sí.

—Además —continuó con una risa—, tiene exactamente el mismo carácter que una galleta... por fuera parece muy dulce, pero cuando quiere puede convertirse en un pequeño demonio.

Ximena soltó una carcajada.

—¡Quiero conocerlo!

—Lo conocerás muy pronto.

—¿Prometido?

—Prometido.

La niña corrió hasta mí y abrazó mis piernas con fuerza.

—Papi... ¿Oreo puede ser mi amigo?

No pude evitar sonreír.

Era imposible negarle algo cuando me miraba de esa manera.

—Primero dejemos que Oreo conozca la casa.

—¡Sí!

—Y también a ti —añadió Dalana entre risas.

Ximena asintió con tanta energía que casi pierde el equilibrio.

—¿Dalana dormirá en la habitación de Marcel? —preguntó de repente.

La alegría desapareció por un instante.

Los ojos de Dalana se posaron sobre mí, claramente confundida.

Era lógico.

No tenía idea de quién era Marcel.

—Sí, princesa —respondí con tranquilidad—. Dormirá allí.

Dalana no hizo ninguna pregunta.

Y agradecí que respetara la primera regla incluso sin darse cuenta.

—Señorita Dalana —intervino David—. Cuando usted guste podemos ir por sus cosas.

Ella tomó su bolso.

—Solo llevaré lo indispensable por ahora.

Antes de marcharse volvió a mirar a Ximena.

—Y no me olvidaré de Oreo.

—¡Sííí!

David la acompañó hasta el ascensor.

Las puertas se cerraron lentamente y el silencio volvió a instalarse en el pent-house.

Por alguna extraña razón...

La casa parecía menos vacía.

Jessica.

***

Su nombre apareció iluminando la pantalla de mi teléfono justo cuando cerraba la puerta de mi automóvil.

Observé el celular durante unos segundos antes de responder.

—Hola.

—Buenos días, amor.

Su voz sonaba tan alegre como siempre.

—¿Ya saliste para la empresa?

Encendí el motor.

—Voy de camino.

—Perfecto. Pensaba pasar esta noche por el pent-house. Hace días que no veo a Ximena.

Apreté con más fuerza el volante.

—Hoy no será posible.

Hubo un breve silencio al otro lado de la llamada.

—¿Por qué?

Salí lentamente del estacionamiento antes de responder.

—Contraté una nueva ama de casa. Hoy será su primer día viviendo en la casa y prefiero que tenga tiempo para adaptarse.

Jessica suspiró.

—Paul... es solo una empleada.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo el problema.

Tampoco quería explicárselo.

No porque hubiera algo que ocultar, sino porque detestaba alterar la rutina del pent-house cuando alguien nuevo llegaba. Bastante difícil era conseguir que una empleada permaneciera más de una semana como para añadir más tensión desde el primer día.

—Podemos vernos mañana.

Ella permaneció unos segundos en silencio.

—Está bien.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Como si estuviera acostumbrada a escuchar un "no" de mi parte.

—Tengo una reunión importante en menos de una hora.

—No te preocupes.

Su voz perdió parte del entusiasmo.

—Solo quería escucharte.

Sentí un ligero peso en el pecho.

Jessica nunca había sido una mala mujer.

Al contrario.

Era paciente.

Comprensiva.

Cariñosa.

Cualquier hombre diría que tenía suerte de tener una novia como ella.

Sin embargo...

Cada vez que intentaba imaginar un futuro juntos...

Mi mente quedaba completamente en blanco.

—Hablamos después.

—Cuídate.

La llamada terminó.

Dejé el teléfono sobre el asiento del copiloto y continué conduciendo por las calles de Manhattan mientras la ciudad despertaba poco a poco.

No entendía por qué, pero desde hacía unos meses todo me resultaba más complicado.

Jessica llevaba casi un año conmigo.

Mi madre la adoraba.

La señora Vel opinaba que era una buena mujer.

Incluso Ximena disfrutaba cuando ella iba de visita.

Entonces...

¿Por qué seguía sintiendo aquel vacío?

¿Por qué cada paso que daba parecía más una obligación que una decisión propia?

Sacudí la cabeza.

No era momento para pensar en eso.

Tenía una empresa que dirigir.

Aparqué frente al edificio de White Corporation y apenas crucé la recepción los empleados comenzaron a saludarme.

—Buenos días, señor White.

—Buenos días.

Respondí con una leve inclinación de cabeza mientras caminaba directamente hacia el ascensor privado.

Mi secretaria ya me esperaba junto a la puerta de mi oficina.

—Buenos días, señor White.

—Buenos días, Emma.

Ella me entregó una carpeta.

—Los inversionistas de Sídney llegaron hace quince minutos. Lo esperan en la sala principal.

Asentí.

—¿Todo está listo?

—Como usted lo pidió.

Entré a la sala de reuniones.

Las conversaciones cesaron de inmediato.

Todos se pusieron de pie.

Respiré hondo.

Allí...

Ese era el lugar donde realmente sabía quién era.

No era el viudo.

No era el padre.

No era el hombre de las tres reglas.

Era simplemente Paul White.

El director ejecutivo.

Y, por unas horas, eso bastaba para mantener mi mente lejos de todo lo demás.

Aunque, por alguna razón...

Mientras comenzaba la presentación...

Mi cabeza volvió por un instante al pent-house.

Pensé en Ximena.

Después...

En Dalana intentando instalarse en una casa completamente desconocida.

Y, finalmente...

En un gato llamado Oreo que, probablemente, ya estaba conquistando a mi hija antes incluso de conocerme.

Fruncí ligeramente el ceño.

¿Por qué estaba pensando en eso durante una reunión tan importante?

Aparté aquella idea de mi cabeza y continué hablando frente a los inversionistas.

Sin saber que, en ese mismo instante...

En el pent-house...

Algo estaba a punto de suceder.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP