El tiempo perdió su métrica habitual. Ya no eran horas o minutos, sino el lento viaje de la luz a través de los respiraderos altos, manchando el cemento con formas cambiantes. Me mantuve sentada en el borde de la cama, la espalda recta como una barra de acero, cada músculo protestando por el esfuerzo y la inanición. La debilidad era un enjambre de insectos bajo mi piel, pero me negaba a ceder. La postura era mi primera declaración de guerra.
La copa de vino, aún llena, seguía en la isla de la c