El silencio de la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos era una entidad viva. No era la ausencia de sonido, sino una presencia pesada, compuesta de suspiros de máquinas lejanas, del roce de unas zapatillas contra el linóleo brillante y del latido acelerado de Alma, que resonaba en sus propios oídos como un tambor de guerra. Llevaba horas allí, encogida en una silla de plástico duro, con la misma ropa holgada y anónima que le había dado Roxana. La sangre de Tomás, una mancha oscura