La oscuridad no era solo la ausencia de luz en la guarida; era una sustancia espesa que se colaba por mis poros, un peso muerto sobre mis párpados y en el fondo de mis pulmones. Yacía en el suelo de cemento, la mejilla apoyada en la fría dureza, ya sin lágrimas que derramar. El llanto había sido un incendio breve y devastador que había consumido las últimas reservas de mi fuerza. Ahora solo quedaban las cenizas de mi voluntad, y el viento helado de la duda de Marko silbando a través de ellas.
É