La luz que se filtraba por los respiraderos aún era tenue, el amanecer grisáceo de un día que no quería comenzar, cuando la puerta se abrió de par en par. No fue la entrada sigilosa de Marko. Esta vez irrumpió con presencia, acompañado por dos de sus guardias de Luxor Security. Los mismos que me habían arrojado a la furgoneta. Sus rostros eran máscaras de profesionalismo impasible, pero sus ojos me escudriñaban con la curiosidad fría de quien observa un animal de laboratorio.
Yo estaba de pie e