El departamento seguro era una cápsula de silencio suspendida en un edificio anónimo. No había barrotes en las ventanas, ni guardias en la puerta, ni el zumbido omnipresente del sistema de climatización de la suite. El silencio, tan anhelado durante meses, resultó ser un amplificador brutal de los ecos que resonaban en su cabeza. Alma pasaba las noches acurrucada en el sofá, con el calor de Wilson presionándole las piernas, escuchando el latido de su propio corazón y el runrún de la nevera, que