El viaje en el sedán negro fue una pesadilla de silencio y oscuridad. Los vidrios polarizados eran tan densos que ni siquiera las luces de la ciudad lograban filtrarse. Yacía en el asiento trasero, flanqueada por los dos guardias cuyo aliento era el único sonido, aparte del rugido amortiguado del motor. Habían vendado mis ojos con una tela áspera poco después de arrojarme al auto, sumiéndome en una ceguera absoluta. Era una precaución innecesaria; ya estaba completamente desorientada.
Marko iba