La suite era una burbuja de silencio opresivo. Cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos, un tambor solitario en medio del vacío acústico. La puerta, maciza y sin picaporte por dentro, era la única salida de un espacio diseñado para ser una celda de lujo. Me acerqué a la ventana polarizada, apoyando la frente contra el cristal frío. Afuera solo se veía un patio interior estéril, otro nivel de aislamiento. No había escape por ahí.
Me senté en la butaca, la tela áspera contra mi piel. El lo