Los días en la guarida se fundieron en una monotonía opresiva, un ciclo de luz artificial y silencio roto solo por las visitas de Marko. Su estrategia no era la de un captor impaciente, sino la de un domador metódico.
Cada visita seguía un patrón. Llegaba a horas impredecibles, a veces dos veces al día, a veces pasaban doce horas sin verlo. A veces traía comida—platos sencillos, fríos, que dejaba sobre la isla de la cocina—. Otras veces, llegaba con las manos vacías, solo para observar.
Su acos