Apoyo la espalda en la puerta y dejo que el silencio me atraviese. No voy a inventarte perdido para siempre; voy a encontrarte. Cojo tu manta, la acerco a la cara, dejo que el olor me atraviese. Enrollo tu correa en la muñeca como un amarre; la piel recuerda. Las lágrimas me caen sin permiso —miedo, impotencia, rabia— y no las seco enseguida. Me las dejo un segundo, para que no confundan la fuerza con dureza.
No puedo perder el control, no hoy, no ahora. Lo repito en voz baja hasta que la frase