El martes amanece sin pirotecnia. Repito el rito simple que me sostiene: café que cae en espiral, hago estiramiento breve en la esterilla, tomo la correa y a Wilson y vamos al parque. El corte con Tomás sigue latiendo por debajo: rabia quieta, decepción que pesa y una parte de mí que extraña lo que no llegó a ser. No lo tapo; lo dejo estar mientras la rutina me devuelve el pulso. Wilson trota a mi lado con dignidad de perro que conoce el mapa. Hago un trote suave, estiro bajo el árbol que ya es