El sonido del cuchillo al cortar la fruta era casi terapéutico. Bianca estaba sentada en la cocina, con el pelo aún algo revuelto, camiseta ancha y las piernas cruzadas sobre la silla. Frente a ella, un tazón con yogur, trozos de fresa y avena. Una escena casi normal, si no fuera porque todavía tenía moratones en las muñecas y golpes y cicatrices por la cara y los brazos.
Ni rastro de trauma en su mirada. Solo hambre. Y un poco de ironía.
—¿Estás desayunando como si no hubieras degollado a más