No hay ruido más poderoso que el de una puerta al abrirse cuando pensabas que nadie volvería a cruzarla.
Nadie dijo nada cuando entramos. El tiempo se detuvo. Fue como si todo el aire de la casa se contuviera, expectante.
Lara fue la primera en verlo.
La bandeja que llevaba en las manos cayó al suelo, y el estruendo del metal contra las baldosas me sacudió el pecho. Se quedó ahí, inmóvil, con la boca entreabierta, como si no pudiera creer lo que sus ojos veían.
—¿Nikolay? —dijo, en un susurro.