—¿Sabes que podrías vivir con cinco camisetas? —pregunté, viendo a Viktor sacar otra montaña de ropa del armario.
—No si quiero seguir siendo el más atractivo del grupo —respondió, sin vergüenza.
—Nadie compite por ese puesto —murmuró Lara, pasando con una cesta de ropa limpia.
—Ouch.
La casa bullía con vida. Era uno de esos días en los que el sol entraba por las ventanas y todo parecía… bien. Hasta los perros callejeros que a veces se colaban en el jardín parecían felices. Yo también lo estaba