El aire olía a madera vieja, a nieve recién caída y a pólvora olvidada.
Bianca descendió del coche con paso firme, los dedos envueltos en unos guantes negros que no combinaban con el abrigo caro que llevaba. Frente a ella, la nueva casa—más bien una fortaleza—se alzaba entre los árboles, imponente, silenciosa, con sus muros de piedra oscura cubiertos por una fina capa de escarcha.
—¿Este es tu “hogar lejos del hogar”? —preguntó con una ceja en alto mientras Nikolay se colocaba a su lado.
—Es se