Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer se filtró lentamente entre las pesadas cortinas de la habitación, derramando una luz grisácea sobre el caos silencioso. La cama estaba deshecha. Las sábanas oscuras, antes impecables, ahora yacían arrugadas, retorcidas como testigos mudos de una noche que ninguno de los dos recordaría con claridad. Sobre el suelo de madera pulida descansaban prendas dispersas: el vestido azul noche de Loren, rasgado en uno de los tirantes, la camisa blanca de Damian abierta y arrugada, la corbata negra caída junto a la cama, los zapatos de ella a varios pasos de distancia, como si hubieran sido olvidados en medio de una tormenta.
El aire conservaba el aroma tenue del perfume masculino, mezclado con el rastro floral que aún se aferraba a la piel de Loren. Fue ella quien despertó primero, un leve gemido escapó de sus labios al sentir la cabeza pesada, como si una niebla espesa todavía envolviera sus pensamientos. Parpadeó varias veces, desorientada, intentando reconocer el techo desconocido, las paredes oscuras, el lujo sobrio de aquella habitación que no era la suya. Su respiración se detuvo, sintió la tibieza de otro cuerpo a su lado, giró lentamente el rostro y el mundo se quebró. Damian Harts dormía junto a ella. Su pecho desnudo se alzaba y descendía con respiraciones profundas, una de sus manos descansando cerca de la cintura de Loren, como si incluso dormido se negara a soltar la posesión involuntaria de aquella noche. Loren se incorporó de golpe, aferrando la sábana contra su pecho. El movimiento brusco despertó a Damian. Sus ojos grises se abrieron con lentitud, aún nublados por el sueño, pero apenas se enfocaron en el rostro de la mujer frente a él, toda la calma desapareció. Se incorporó con una rapidez feroz. Primero miró a Loren, luego la cama, después las prendas en el suelo. La dureza de su expresión se transformó en furia pura. —¿Qué demonios hiciste? —su voz cortó el aire como una cuchilla. Loren lo miró sin comprender, temblando. —Yo… no lo sé. La frase murió en sus labios cuando los recuerdos fragmentados comenzaron a golpearla: el mareo, el pasillo, la puerta entreabierta, los ojos grises, el beso. Un calor de vergüenza le recorrió el cuerpo. Damian soltó una risa amarga, cruel. —Claro que lo sabes. Este ha sido tu plan y creo que lo cerraste con broche de oro. Se levantó de la cama sin molestarse en cubrirse, caminando por la habitación con una tensión peligrosa en cada músculo. —Esto fue planeado, ¿verdad? —escupió, girándose hacia ella con una mirada cargada de desprecio—. Una jugada bastante sucia incluso para alguien como tú. Porque es evidente que perteneces a una familia bien posicionada de Inglaterra, la Familia Fabre. Loren abrió los ojos, pálida. —No… yo jamás… —¿Jamás qué? —la interrumpió con violencia verbal—. ¿Jamás te meterías en la cama del heredero Harts para asegurar tu futuro? Cada palabra cayó sobre ella como un golpe. Loren sintió que la garganta se le cerraba, no entendía, no lograba unir las piezas para armar por completo este rompecabezas. Lo último claro en su memoria era Laura entregándole aquel vaso de agua. Después oscuridad, calor, confusión. Damian la observó con un desprecio que la hizo sentir desnuda de una forma mucho más cruel que la falta de ropa. —Debí imaginar que alguien como tú aprovecharía la ocasión —continuó, abotonándose los pantalones con movimientos bruscos—. Fingir inocencia siempre funciona mejor cuando se tiene esa cara de niña buena. —Damian, yo no entiendo qué pasó… Él soltó una carcajada seca, desprovista de humor. —No uses mi nombre como si tuvieras derecho — Espeta el hombre con furia. Loren se encogió involuntariamente. La molestia de Damian llenaba la habitación hasta volver el aire irrespirable. Él se acercó al suelo, recogió su billetera del saco y la abrió con un gesto impaciente. Sacó varios billetes de alta denominación. Los lanzó hacia ella. El dinero cayó sobre las sábanas, algunos resbalaron hasta su regazo, otros flotaron lentamente hasta el suelo. Loren lo miró, incapaz de procesar aquella humillación. —Toma eso —dijo él con frialdad despiadada—. Es más de lo que vale este pequeño espectáculo que estas brindando. El dolor fue inmediato, no físico, mucho peor Loren sintió un nudo en el pecho al comprender lo que Damian insinuaba. La estaba tratando como si hubiera vendido aquella noche, como si ella hubiera planeado seducirlo, como si no fuera una víctima de algo que ni siquiera podía comprender todavía, Lorenzana comprendió que Damian Harts la esta tratando como la villana de la noche de lunes, cuando ella es una víctima más. —No soy esa clase de mujer —susurró, con la voz quebrada. Damian la fulminó con la mirada. —No conseguirás nada de mí, Loren Fabre. Ni mi apellido, ni mi dinero, ni un lugar cerca de mi familia. Lo único que espero es no volver a cruzarme contigo jamás, eres una maldita mujer. La crueldad de sus palabras dejó la habitación en un silencio helado. Loren bajó la mirada, sintiendo la respiración temblorosa, quería defenderse, quería decirle que no recordaba cómo había llegado allí. Que jamás habría hecho algo así, que amaba a su novio. Que esa noche debía haber sido el último pensamiento antes de dormir y no aquel desastre incomprensible. Pero las palabras no salían, todo ocurría demasiado rápido. Su cuerpo aún se sentía extraño, pesado, vulnerable, entonces Damian guardó silencio, su mirada descendió lentamente hacia la cama. Siguió la línea arrugada de las sábanas hasta detenerse en una pequeña mancha roja, casi imperceptible sobre la tela oscura, su expresión cambió. La furia no desapareció, pero algo en sus ojos vaciló. Grises, fríos, analíticos, volvieron hacia Loren. Después a la mancha, luego otra vez a ella. La comprensión golpeó primero a Damian. Virgen. Loren sintió que la sangre le abandonaba el rostro al darse cuenta de lo que él estaba viendo, la humillación se convirtió en algo aún más insoportable. Sus dedos apretaron la sábana con desesperación. El silencio entre ambos se volvió espeso. Damian frunció el ceño, como si esa evidencia no encajara con la historia que ya había construido en su mente. Porque una mujer calculadora, una cazafortunas, una manipuladora perfecta no debía haber llegado así a su cama, y sin embargo, ahí estaba la prueba. La duda apenas comenzaba a asomarse en sus ojos cuando un sonido seco atravesó la tensión. El ruido proviene de la puerta, el pomo giró, ambos voltearon al mismo tiempo. La puerta se abrió de par en par, en el umbral aparecieron David Harts e Isidora Harts. Él, imponente como una tormenta a punto de estallar. Ella, elegante y glacial, con la mirada afilada de una mujer que sabía leer desastres antes de que explotaran. Sus ojos recorrieron la escena en un solo segundo, la cama revuelta, la ropa esparcida, los billetes en el suelo. Loren aferrada a la sábana, pálida. Damian a medio vestir, inmóvil y la prueba irrefutable sobre las sábanas, el tiempo se detuvo, nadie habló, nadie respiró.






