El amanecer se filtró lentamente entre las pesadas cortinas de la habitación, derramando una luz grisácea sobre el caos silencioso. La cama estaba deshecha. Las sábanas oscuras, antes impecables, ahora yacían arrugadas, retorcidas como testigos mudos de una noche que ninguno de los dos recordaría con claridad. Sobre el suelo de madera pulida descansaban prendas dispersas: el vestido azul noche de Loren, rasgado en uno de los tirantes, la camisa blanca de Damian abierta y arrugada, la corbata negra caída junto a la cama, los zapatos de ella a varios pasos de distancia, como si hubieran sido olvidados en medio de una tormenta. El aire conservaba el aroma tenue del perfume masculino, mezclado con el rastro floral que aún se aferraba a la piel de Loren. Fue ella quien despertó primero, un leve gemido escapó de sus labios al sentir la cabeza pesada, como si una niebla espesa todavía envolviera sus pensamientos. Parpadeó varias veces, desorientada, intentando reconocer el techo desconoc
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