El trayecto de regreso a la mansión Fabre fue silencioso, pero no el silencio cómodo de quienes no necesitan hablar. Era un silencio cruel, pesado, de esos que parecen aplastar el pecho y hacer que cada respiración duela.
Loren Fabre permaneció inmóvil en el asiento trasero del vehículo, con las manos apretadas sobre la falda del vestido champán que ahora sentía como una ironía. Horas antes aquella tela representaba la imagen de la prometida perfecta; ahora solo era el uniforme de una condena