La pequeña caja blanca permaneció varios segundos entre los dedos de Loren.
El silencio en la habitación era tan espeso que podía escuchar su propia respiración.
Delante de ella, Damian Harts seguía inmóvil, con la arrogancia tallada en sus perfectas facciones y los ojos grises endurecidos por la furia.
Loren sostuvo su mirada apenas un instante más, luego, sin regalarle una sola emoción, abrió la caja sacó la pastilla, la colocó sobre su lengua y la tragó con el vaso de agua que reposaba so