Seis

Cuando regresaron del balcón, el aire de la gran sala principal se sentía aún más pesado. La tensión flotaba entre las lámparas de cristal, sobre el mármol pulido, entre los retratos antiguos de la familia Harts que parecían observar el desastre con silenciosa superioridad.

Nadie hablaba. El silencio mismo parecía una forma de presión.

Loren Fabre volvió a ocupar su lugar en el extremo del sofá, la espalda recta por puro orgullo, aunque por dentro sentía que cada mirada la empujaba más hondo en aquella humillación. Era imposible no notar lo evidente. Todo aquello era una obligación, una unión forzada y la señalada en el centro del juicio seguía siendo ella.

Damian permanecía de pie cerca de la chimenea, con la mandíbula tensa y la furia contenida endureciendo sus facciones. Ni siquiera la había mirado desde que regresaron del balcón.

La bofetada aún ardía en su orgullo.

Fue Isidora Harts quien tomó nuevamente el control.

Sentada con la serenidad de una emperatriz, cruzó las piernas con elegancia y habló con una voz tan calma que resultaba aterradora.

—La boda se celebrará en cuarenta y ocho horas.

Las palabras fueron una sentencia. Loren sintió que sus dedos se helaban.

Cuarenta y ocho horas.

Dos días.

Solo dos días para que toda su vida quedara sellada.

Damian dio un paso al frente.

—Madre, esto es una locura.

—No —lo interrumpió Isidora, sin siquiera alzar la voz—. Es una solución.

David Harts observó a su hijo con la dureza silenciosa de un patriarca que no necesitaba repetir una orden.

Loren apretó las manos sobre su regazo.

Sentía que no tenía salida. Su voz no importaba. Su voluntad tampoco.

Al otro lado del salón, Felix Fabre se mantenía erguido con una compostura que intentaba aparentar dignidad.

Pero nadie allí conocía realmente lo que pasaba por su mente.

O casi nadie.

Porque Damian sí lo notó.

Lo vio en la forma en que los ojos del hombre se movían por el lujo de la sala. Por los muebles antiguos. Por las obras de arte. Por la magnificencia del apellido Harts y el desprecio dentro de Damian se hizo aún más oscuro. Si el padre era así, la hija debía ser peor. Ese pensamiento venenoso se instaló en su mente con una facilidad cruel.

Por supuesto.

Todo cobraba sentido en su lógica.

Una familia menor, ambiciosa, desesperada por ascender más de lo que ya estaban. Un padre capaz de vender el honor de su hija por conveniencia. Una mujer que se mete en la cama del heredero. La imagen que Damian construyó de Loren se volvió todavía más despiadada. Fue entonces cuando David Harts hizo un gesto casi imperceptible.

Un asistente de traje oscuro avanzó hasta él y le entregó una carpeta negra de cuero impecable.

David la tomó y la colocó sobre la mesa de centro, justo frente a Damian y Loren.

Las letras plateadas en la portada brillaron bajo la luz.

CONTRATO PRENUPCIAL

El corazón de Loren dio un vuelco.

Aquello ya no era solo una boda impuesta.

Era una prisión escrita. Antes de que pudiera procesarlo, otro hombre se adelantó y colocó frente a la familia Fabre un portafolio negro.

Lo abrió.

El sonido metálico del cierre resonó como una provocación.

Dentro, perfectamente organizadas, descansaban varias filas de fajos de billetes.

Muchísimo dinero.

Tanto que incluso la luz parecía reflejarse sobre el papel.

Los ojos de Vivienne y Felix Fabre se abrieron con una mezcla imposible de ocultar: sorpresa, codicia, fascinación.

Nunca habían visto tanto dinero junto.

Damian lo notó.

Y su desprecio se volvió absoluto.

Por dentro, casi sintió asco.

Así que era eso.

No solo la hija.

Toda la familia había calculado la caída perfecta sobre los Harts.

Isidora habló entonces, elegante y glacial.

—A partir de la firma de este contrato, la familia Fabre tiene estrictamente prohibido hablar sobre lo ocurrido en el hotel.

Su mirada se posó en Felix. No era una petición. Era una advertencia. Felix adoptó una sonrisa falsa, casi ofendida por la insinuación.

—Por la reputación de mi hija, jamás haríamos algo tan vulgar.

Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, sus ojos regresaron fugazmente al dinero.

Damian lo vio.

Y en su interior, la sentencia contra Loren quedó aún más grabada.

Una hija criada por un hombre así no podía ser diferente.

Loren, ajena al juicio silencioso de Damian, mantenía la vista fija en la carpeta negra, su padre estaba interesado en la portafolio, ella en la carpeta.

Sentía que aquella tinta definiría cada uno de sus próximos pasos.

Isidora extendió la mano y abrió el contrato con una precisión impecable.

Las hojas gruesas se deslizaron con un sonido seco.

—Escuchen con atención —dijo. Su voz llenó la sala con una autoridad inquebrantable. —Este matrimonio no será una unión sentimental. Será una alianza de reputación, estabilidad y conveniencia mutua. Por ello, existen cláusulas que deberán cumplirse sin excepción.

Loren tragó saliva.

La sensación era la de estar escuchando las reglas de su propio encierro.

Isidora pasó la primera página.

Cláusula uno: Confidencialidad absoluta

—Ningún miembro de la familia Fabre podrá divulgar, insinuar o utilizar lo ocurrido la noche del hotel en conversaciones privadas, sociales, empresariales o mediáticas.

Su mirada se clavó en Felix.

—Cualquier incumplimiento será considerado una traición directa a la familia Harts.

Loren sintió un escalofrío. Aquella cláusula era una bomba de tiempo.

Porque, aunque nadie más lo supiera, algo dentro de ella intuía que Felix sería el primero en romperla si encontraba una ventaja. Isidora continuó.

Cláusula dos: Duración obligatoria del matrimonio

—La unión tendrá una duración mínima e inquebrantable de dos años, sin posibilidad de separación pública, divorcio o anulación durante ese periodo.

Damian soltó una risa seca.

Dos años.

Para él sonó como una condena.

Loren sintió un nudo en la garganta.

Dos años viviendo al lado de un hombre que la odiaba. Dos años interpretando el papel de esposa perfecta. Dos años lejos de Antonio. La tercera página fue abierta con lentitud ceremonial.

Cláusula tres: Conducta de la esposa

La voz de Isidora se volvió aún más fría.

—Loren Fabre deberá comportarse como una mujer a la altura del apellido Harts.

La frase quedó suspendida unos segundos antes de que continuara.

—Eso incluye imagen impecable, absoluta obediencia a las apariciones públicas, discreción sobre los asuntos familiares, y una conducta social intachable que no genere rumores ni escándalos.

Felix asintió de inmediato, demasiado rápido.

—Mi hija sabrá cumplir.

Pero esas palabras, pronunciadas con falsa seguridad, ya cargaban la semilla de la futura traición. Porque Loren sintió algo oscuro instalarse en su pecho.

Si Felix rompía la confidencialidad… Si hablaba de aquella noche… Si filtraba rumores por ambición. Toda la culpa recaería sobre ella.

Sobre la esposa.

Sobre la mujer que, según todos, había buscado ese lugar.

Y eso era exactamente lo que volvería aquel contrato un arma.

Damian tomó la pluma que el asistente dejó frente a él.

La sostuvo entre sus dedos sin firmar todavía.

Sus ojos grises viajaron hasta Loren.

Fríos. Despiadados. Cargados de todo el veneno de sus pensamientos.

La hija de un hombre codicioso. Una mujer capaz de venderse por apellido. Una futura esposa que seguramente rompería cada regla apenas encontrara ventaja.

Para él, Loren ya estaba condenada antes de firmar.

Loren alzó la mirada.

Por primera vez entendió que aquella carpeta no contenía solo cláusulas.

Contenía la trampa perfecta.

Una trampa que no tardaría en cerrarse sobre ella.

— Loren, antes de la firma necesito hablar contigo — Expuso Isidora y ambas mujeres avanzan hasta el despacho, cuando la puerta se cierra, Isidora vuelva a hablar.

— Está unión no es por tu reputación, no es porque perdiste tu virginidad con mi hijo, si yo no estuviera como candidata no nos importaría en lo absoluto lo que ha ocurrido, por mis enemigos políticos nada más. De lo contrario nunca nos higuera importado con quien amanece Damian.

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