La habitación del tercer piso estaba en silencio, el aire olía a flores frescas, a sábanas limpias, al perfume elegante de una casa donde todo parecía estar bajo control. Pero Loren no lograba encontrar calma. Permanecía sentada frente al tocador, con las manos apoyadas sobre el regazo y la mirada perdida en su reflejo.
Afuera, el gran jardín de la mansión Harts se extendía impecable bajo la luz suave de la mañana.
Todo era hermoso. Demasiado hermoso para una vida que se estaba derrumbando.