Short
Empuñó y dejó la espada

Empuñó y dejó la espadaES

Clara Rivera  Completo
goodnovel4goodnovel
21Capítulos
5leídos
Leer
Añadido
Resumen
Índice

Para poner fin a la guerra, propuse casarme con Alejandro, mi amor de la infancia y heredero de uno de los clanes de hombres bestia. La noche de nuestra boda, Alejandro, ya convertido en el rey lobo, me llevó a las praderas. Allí nos entregamos el uno al otro y no nos separamos hasta el amanecer. Yo creía que él me amaba. Pero después fue él mismo quien lideró a cien mil guerreros y arrasó la capital de mi reino. Me sujetó por la cabeza y me obligó a contemplarlo todo con mis propios ojos: cómo una manada de lobos despedazaba a mi padre, el rey; cómo derribaban de su caballo a Julián Montes, mi hermano mayor y príncipe heredero, antes de matarlo... Aquellos bárbaros incluso arrancaron la corona de mi madre, desgarraron su vestido y la humillaron delante de todos hasta dejarla cubierta de heridas... Alejandro sonrió al hacerme aquella pregunta, pero sus ojos estaban completamente vacíos de afecto: —Isabela, ¿de verdad creíste que eras tan hermosa como para conquistarme? Asesinaron a tantos de los míos. ¿De verdad pensaron que entregarte a mí bastaría para saldar toda esa deuda de sangre? Al final, Alejandro unificó todos los territorios bajo su mando y convirtió en reina a la mujer que amaba. A mí me encerró en el rincón más apartado y olvidado del palacio, sin título ni dignidad. Cada vez que intentaba suicidarme, hacía desenterrar un cadáver del Panteón Real y ordenaba destruirlo frente a mí. —Sin mi permiso, no puedes morir. Al final, dejé de luchar. De todos modos, solo faltaban tres días para que el parásito de brujería que, años atrás, había ingerido para salvar a Alejandro acabara con mi vida.

Leer más

Capítulo 1

Capítulo 1

En el banquete por el cumpleaños de la reina, Alejandro hizo una excepción y permitió que yo saliera de mi aposento.

Con los ojos enrojecidos, miré a la mujer que estaba en lo alto del estrado. Llevaba puesta la corona real de oro, adornada con ocho florones y un gran zafiro en el centro.

Era una reliquia de mi madre.

—¡Cómo te atreves, esclava! ¿No vas a hacer una reverencia ante el rey y la reina?

Alguien me dio una fuerte patada y caí de rodillas. Con la frente contra el suelo, hice una reverencia como pude.

Alejandro no me permitió levantarme. Su rostro permaneció inexpresivo.

—Isabela, llegaste un cuarto de hora tarde. ¿Lo hiciste a propósito para faltarle el respeto a Clara?

—Fue culpa mía.

Volví a inclinarme y golpeé la frente contra el suelo.

No le expliqué que, con las piernas en ese estado, había tenido que caminar durante al menos dos horas desde el rincón más apartado y abandonado del palacio.

Alejandro esbozó una mueca burlona.

—Por fin aprendiste a comportarte.

Después de todo, la última vez que me negué a obedecer, me encerró en una jaula y dejó que aquellas bestias me desangraran para saciar su sed.

Cuando estaba al borde de la muerte, él ordenó que trajeran medicinas de gran valor para mantenerme con vida a duras penas.

—Isabela, levántate. Después de todo, alguna vez fuiste una princesa criada entre lujos. Aunque el Reino de Montes haya caído, no me digas que de verdad ya te consideras una simple esclava.

Clara me ayudó personalmente a levantarme. Su tono era cariñoso, pero cada palabra me daba justo donde más dolía.

Entonces se fijó en la pulsera de colmillos de lobo que llevaba en la muñeca. Sus ojos se iluminaron de inmediato.

Dijo que le encantaba y que quería quedársela como regalo de cumpleaños.

Miré a Alejandro.

No reaccionó.

Aquella pulsera me la había regalado él muchos años atrás. Era un tesoro que su clan había conservado durante generaciones. Cada colmillo de lobo había sido cuidadosamente preparado como medicina y conservaba un aroma particular que no desaparecía con los años.

Llevarla durante mucho tiempo ayudaba a aliviar el dolor y a mantenerme saludable.

Como desde niña había sido enfermiza, cuando me la entregó, Alejandro me dijo que esperaba que pudiera vivir toda mi vida con salud y en paz.

—Si le gusta, ¿cómo podría negarme a dársela?

Me quité la pulsera y se la entregué a Clara Herrera.

Aparté la mirada, pero alcancé a escuchar el sonido de una copa que se volcaba en lo alto del estrado.

Clara acarició los colmillos de lobo y sonrió, satisfecha.

—Por cierto, recuerdo que alguna vez te llamaron "la bailarina que cautivó a todo el reino". ¿Por qué no aprovechas esta ocasión para mostrarnos un poco de aquel talento?

Soporté en silencio las miradas maliciosas de todos los presentes, como si estuvieran esperando un espectáculo.

Entre ellos había generales del clan de lobos.

También estaban los traidores que habían abierto las puertas del Reino de Montes desde dentro y habían permitido la entrada del enemigo.

Pero no tenía derecho a negarme.

Un tazón de caldo caliente, recién servido, me cayó encima.

El calor me quemó la piel al instante, hasta dejarla en carne viva.

—¿Qué haces ahí parada? ¡Eres una sobreviviente de la antigua familia real y todavía te atreves a comportarte como una princesa! Deberías agradecer que te hayan perdonado la vida. ¡No seas desagradecida!

Como si ya no pudiera sentir el dolor, me puse de puntillas.

Y me convertí en una bailarina destinada a entretener a los demás.

La gente de las praderas tenía costumbres más desenfadadas. Aquellos bárbaros, para colmo, seguían armando alboroto y exigiéndome que me quitara la capa.

La mirada de Alejandro se posó en mí desde lejos, fría y distante.

Era su forma de dar permiso.

Me mordí el labio y comencé a desabrocharme la ropa.

La tela se había pegado a la piel quemada. Al despegarla, la piel se desgarró y quedó cubierta de sangre.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

Cuando terminó el banquete, Alejandro se acercó con un fuerte olor a alcohol.

Sus dedos fríos rozaron el rastro que habían dejado mis lágrimas y secaron una de ellas.

Pero su voz fue tan fría como siempre:

—Isabela, ¿estás intentando darme lástima?

—No me atrevería.

Pero apenas terminé de hablar, los síntomas de mi antigua enfermedad reaparecieron.

Frente a él, comencé a toser sangre. Sentía como si todos mis órganos fueran a salir por mi garganta.

Alejandro se apartó con evidente repulsión, y la burla en su rostro se hizo aún más profunda.

—Llevo diez años viéndote tan enfermiza. ¿Todavía no te cansaste de fingir?

Durante mucho tiempo pensé que simplemente despreciaba a las mujeres del Reino de Montes, que le molestaban mi delicadeza y mi fragilidad.

Pero durante todos estos años, había cuidado de Clara con una atención que nunca me había dado.

Bastaba con que Clara frunciera ligeramente el ceño para que el médico acudiera de inmediato a recibir sus órdenes.

Sentía cómo los gusanos de brujería me devoraban por dentro. Mi cuerpo temblaba y el sudor frío me cubría la frente.

Antes de desmayarme, creí ver un destello de pánico en los ojos de Alejandro.

Apretó los dientes y dijo:

—Isabela, no voy a dejar que mueras tan fácilmente. Tienes que vivir para pagar por tus pecados.

Pero yo ya no podía pagar esa deuda...

Dentro de dos días, moriría sin remedio.

Desplegar
Siguiente Capítulo
Descargar

Último capítulo

Más Capítulos

También te gustarán

Novelas relacionadas

Último capítulo

No hay comentarios
21 chapters
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP