Mundo ficciónIniciar sesiónTodos decían que Diego Montenegro, el príncipe heredero, amaba a Elena Cabrera, la princesa consorte, más que a su propia vida. Gloria Velázquez ocupaba el lugar de consorte secundaria. Había dado a luz a cinco hijos y Diego se los había entregado uno tras otro a Elena para que los criara. Sin embargo, Gloria nunca lloraba ni protestaba cuando se llevaban a los niños. Tampoco competía por el favor de Diego, como si aquellos hijos no fueran suyos. Hasta el día en que se llevaron al quinto. Todavía débil después del parto, caminó con dificultad hasta el palacio de la emperatriz. —Su Majestad —dijo con el rostro pálido, pero con voz serena—, ya le he dado cinco hijos a Diego. Le ruego que me permita marcharme y buscar al hombre al que de verdad amo. La emperatriz miró a aquella mujer de cuerpo frágil y mirada inquebrantable y suspiró. —Después de tantos años casada con Diego, ¿nunca has sentido nada por él? Gloria guardó silencio un momento y negó despacio con la cabeza.
Leer másEl médico cayó de rodillas, horrorizado.—¡Su Majestad! ¡No puede ser! ¡Su vida es indispensable para el imperio! ¡Esta práctica oscura dañaría su cuerpo! ¡No me atrevería a hacerlo ni bajo amenaza de muerte!—He dicho que use la mía —repitió Diego, firme—. No discuta. Prepárelo de inmediato. Si no consigue salvarlo, morirá con él. Si revela una sola palabra, exterminaré a toda su familia.El médico se desplomó en el suelo, sin color en el rostro.Durante los siete días siguientes, Diego se negó a recibir a nadie, con el pretexto de retirarse a meditar. Cada día, el médico, temblando, le extraía del pecho un cuenco de sangre caliente.Cada extracción lo acercaba a la muerte: un dolor brutal, debilidad, frío y una conciencia cada vez más borrosa. Diego apretaba los dientes sin soltar una queja.Ante sus ojos aparecía Gloria, abrazada a la espada de Gabriel, con aquella mirada vacía y desesperada. No podía dejarla así.Pagaría con la sangre de su corazón lo que les debía a ella y a Gabri
Poco después llegaron noticias de la frontera. Gloria y Gabriel se habían casado en la residencia del general, una casa sencilla, pero acogedora, de la ciudad fronteriza.Al terminar la ceremonia, comenzó a caer una nieve ligera, poco habitual allí. Los copos se posaban sobre el vestido de novia y el cabello de Gloria.Ella levantó el rostro hacia la nieve y, por un instante, creyó ver de nuevo al príncipe de años atrás: aquel hombre que, en su primer encuentro en el palacio, la había mirado con fría superioridad desde un salón espléndido.Se quedó abstraída un momento y luego sonrió, en paz con el pasado. El dolor, el rencor y las humillaciones del palacio parecían desvanecerse con aquella nieve.Con el nuevo emperador en el trono, la situación de la corte se estabilizó poco a poco. Los ministros y los mandos militares presentaron peticiones para que tomara nuevas consortes y diera más herederos a la dinastía.Diego las rechazó todas.Durante una gran audiencia, un ministro llegó a de
Se quedó inmóvil, mirando la boca del soldado que traía la noticia. Le zumbaban los oídos y no lograba entender nada. Solo las palabras "cayó por un precipicio" y "no sabemos si está vivo" golpeaban una y otra vez su mente.Se sentó despacio entre los restos del cuenco y la medicina derramada, sin moverse. Permaneció allí hasta entrada la noche y después hasta el amanecer.Al atardecer del tercer día, Gabriel regresó al campamento cubierto de heridas y agotado. Había encontrado a Diego atrapado en un árbol seco, a media altura del precipicio.El príncipe tenía el cuerpo cubierto de sangre, varios huesos rotos y una respiración casi imperceptible. Pero en la mano seguía apretando una horquilla de jade ensangrentada. Gabriel la había reconocido: pertenecía a Gloria.Gabriel lo había rescatado con sentimientos encontrados. También había enviado hombres a buscar, arriesgando la vida en los riscos de una montaña nevada, las últimas plantas medicinales de una especie rarísima capaz de manten
La fiebre le nublaba la vista, pero el oído se le había vuelto extraordinariamente sensible.Desde la tienda contigua llegaban sonidos apagados: los gemidos entrecortados de una mujer, la respiración grave de un hombre, el leve movimiento de la cama... Cada sonido lo atormentaba.Se mordió el labio inferior con fuerza. El sabor metálico de la sangre se extendió por su boca. Hundió las uñas en el colchón hasta casi hacerse sangrar.Quería irrumpir allí, gritar, matar. Pero todo el cuerpo le dolía, la fiebre lo había dejado sin fuerzas y apenas podía mover un dedo.Solo podía permanecer inmóvil, con los ojos abiertos y enrojecidos, escuchando cómo la mujer que amaba gozaba bajo otro hombre.Aquella noche fue un suplicio.Al amanecer, los sonidos ya habían cesado. También se había apagado el último destello en los ojos de Diego. Solo quedaba una desolación gris y silenciosa.Durante los días siguientes, sus heridas mejoraron un poco y consiguió levantarse con dificultad.Gloria parecía de





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