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Mi Esposo Fingió Amarme por Su Hermana

Mi Esposo Fingió Amarme por Su HermanaES

Claudia Estrada  Completo
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Resumen
Índice

Renata Bautista tenía fama de ser la chica ejemplar de su círculo. Lo más rebelde que había hecho en su vida fue huir cuando se enteró de que habían concertado su matrimonio con el heredero de una de las familias más poderosas. Joaquín Ortega tenía fama de mujeriego empedernido, y ella no quería atar su vida a la de un hombre así. Sin embargo, cuando él fue a buscarla, ambos terminaron secuestrados en un local clandestino donde se transmitían actos sexuales en vivo. Dentro de una jaula de hierro, ella estaba atada de pies y manos. A él lo habían drogado. Todos daban por hecho que Joaquín acabaría abusando de ella. Renata también creyó que estaba perdida.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Para su sorpresa, Joaquín le sonrió. Su voz sonaba ronca, pero aún conservaba el control.

—No tengas miedo. No voy a hacerte daño.

Cumplió su palabra. Para no perder el control, se mordió el brazo hasta dejarlo en carne viva. Cuando lo obligaron a tomar una droga todavía más potente, empezó a golpearse la cabeza contra los barrotes. Prefería morir antes que ceder.

—¡Perdóname! —sollozó Renata al verlo al borde de la muerte—. Si no hubiera huido de la boda, no te habría arrastrado a esto.

—No es tu culpa.

Él alzó la cabeza con esfuerzo. Su rostro podía cautivar a cualquiera, y sus ojos expresaban una ternura indescriptible.

—Antes llevaba una vida demasiado desordenada. Es normal que una chica tan buena como tú no quisiera aceptarme. Pero me arrepiento. Si te hubiera conocido antes, solo habría querido estar contigo. Puede que no aguante mucho más, pero al menos he conseguido evitar que abusaran de ti.

Una oleada de emociones inundó el pecho de Renata. En ese instante, empezó a enamorarse de él.

Por suerte, los rescataron poco después. Renata hizo caso a sus sentimientos y se casó con él. Durante la boda, Joaquín le declaró su amor y prometió que, desde ese día, ella sería la única.

Después de casarse, ninguna otra mujer volvió a rondarlo. Parecía vivir solo para ella. El día que supo que estaba embarazada, repartió más de cincuenta millones de dólares en premios a través del sitio web del Grupo Ortega, para que toda la ciudad fuera testigo de su felicidad.

Todos creían que aquella chica ejemplar había logrado que Joaquín, el eterno mujeriego, cambiara de verdad.

Hasta que llegó el día de una consulta prenatal.

Él le dijo que tenía una reunión con un cliente importante que no podía cancelar. Renata fue sola al chequeo y después pasó por las oficinas del Grupo Ortega. Quería dejarle la ecografía para que pudiera ver por primera vez a su bebé.

Sin embargo, desde el despacho de Joaquín, en el último piso, llegaban voces animadas.

—¿No se supone que eres el esposo perfecto, Joaquín? ¿Cómo es que prefieres quedarte aquí hablando con nosotros en vez de acompañar a tu esposa al chequeo?

Renata se quedó inmóvil. A través de la puerta entreabierta vio a Joaquín, que supuestamente estaba con un cliente, recostado con despreocupación en un sillón de cuero. Sostenía un cigarrillo entre los dedos. En su atractivo rostro se dibujaba una sonrisa burlona.

—Ni siquiera es hijo mío. ¿Para qué iba a acompañarla?

Uno de sus amigos soltó una risita cómplice.

—¿Cómo iba a ser tuyo si nunca te has acostado con ella?

—Renata jamás imaginaría que a Joaquín no le interesa una chica tan rígida y aburrida como ella. A quien siempre ha querido es a Catalina, con lo libre y radiante que es. Por eso finge ser un esposo enamorado de día y deja que Martín se encargue de acostarse con Renata por las noches.

—Hasta su fama de mujeriego era fingida. Quería espantar a todas las chicas de buena familia para poder casarse con Catalina, su hermana adoptiva. El problema es que su familia nunca lo aceptó. Incluso amenazaron con hacerle daño a ella si él se negaba a este matrimonio.

—Por eso Joaquín es un genio. Les siguió el juego: se casó con la chica que todos consideran un modelo de buena conducta y fingió estar perdidamente enamorado. Así, cuando revele que en realidad es una puta embarazada de otro, su familia verá que hasta la mujer más obediente puede ser infiel. Tendrán que admitir que esos matrimonios arreglados no sirven y dejarlo casarse con la mujer que ama y que conocen de toda la vida.

—Pero, Joaquín… Renata siempre ha sido muy correcta. Si la tachan de infiel, ¿cómo va a seguir con su vida? Te ama muchísimo y, al final, es inocente. ¿No es un poco cruel hacerle esto?

Al otro lado de la puerta, Renata se quedó con la mente en blanco. El color fue abandonando su rostro.

¿El hombre al que había amado durante tres años se había casado con ella solo por otra mujer?

Entonces, cuando lo habían drogado, ¿había arriesgado la vida para serle fiel a otra mujer y no para protegerla a ella?

Sintió que se le desgarraba el corazón. Temblaba, con los ojos enrojecidos, pero no apartó la mirada de Joaquín. Todavía esperaba una respuesta.

—¿Cruel?

Joaquín soltó una risita y exhaló un anillo de humo. El humo le desdibujaba los rasgos, pero Renata oyó cada palabra con absoluta claridad.

—Tal vez. Pero lo que ella sienta no entra en mis planes. La única que me importa es Catalina.

—¡Vaya! Eso sí que es estar enamorado. ¿Y tú, Martín? Llevas tres años acostándote con Renata, hasta la dejaste embarazada. ¿De verdad no sientes nada por ella?

Sentado en el sofá, Martín Ferrer desprendía una elegancia fría y distante. Alzó apenas los ojos antes de responder, indiferente:

—Es demasiado dócil. En la cama es insípida y aburrida. ¿Quién va a sentir algo por una mujer que parece muerta? Si no fuera por ayudar a Joaquín, no la aceptaría ni aunque se me ofreciera. Y ese niño no es más que una herramienta para humillarla. No pienso reconocerlo.

A sus amigos les brillaron los ojos.

—Si ninguno de ustedes la quiere, ¿por qué no me dejan probarla? Después de tanta mujer intensa, una así de tranquila podría resultar interesante.

—Sí. ¿Cuándo piensas echarla de tu casa, Joaquín? Yo también quiero divertirme un rato con ella.

—Dentro de una semana.

Joaquín apagó el cigarrillo con una sonrisa despreocupada.

—En la fiesta de nuestro tercer aniversario de bodas. Así todos verán qué excelente nuera eligió mi familia después de buscar tanto.

—Entonces, felicidades por adelantado. Por fin podrás casarte con Catalina.

Entre aquellas carcajadas, Renata apretó la ecografía. Las lágrimas le corrían sin hacer ruido, incontenibles.

Pero pronto se secó las lágrimas y esbozó una sonrisa. Estaba decidida a empezar de nuevo.

Joaquín solo la había utilizado. Por eso no entendía que su dulzura y sus buenos modales nacían de su educación, y que eso no la convertía en una mujer débil a la que pudiera pisotear.

Renata iba a mostrarle cuánto costaba engañarla y tratar de destruirla por puro egoísmo.

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