Capítulo 19
El joven estaba arrodillado frente a mi cama.

En su rostro aún se distinguían los rasgos de Julián.

Las mismas cejas rectas.

La misma mandíbula firme y marcada.

Extendí la mano y le acaricié el rostro.

Mis dedos estaban fríos, pero su piel era cálida y llena de vida.

Sonreí.

Fue una sonrisa sincera, nacida desde lo más profundo de mi corazón.

—Te pareces a tu padre.

Los ojos del joven se enrojecieron.

Tomó mi mano, ya delgada y frágil, y habló con voz temblorosa:

—Tía Isabela, llegué demasiado
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