El joven estaba arrodillado frente a mi cama.
En su rostro aún se distinguían los rasgos de Julián.
Las mismas cejas rectas.
La misma mandíbula firme y marcada.
Extendí la mano y le acaricié el rostro.
Mis dedos estaban fríos, pero su piel era cálida y llena de vida.
Sonreí.
Fue una sonrisa sincera, nacida desde lo más profundo de mi corazón.
—Te pareces a tu padre.
Los ojos del joven se enrojecieron.
Tomó mi mano, ya delgada y frágil, y habló con voz temblorosa:
—Tía Isabela, llegué demasiado