La respiración de Isabela se volvió cada vez más débil.
Era como una vela a punto de consumirse: bastaría una ráfaga de viento para apagarla por completo.
Alejandro pegó el oído a sus labios, desesperado por escuchar hasta el último rastro de su respiración.
Pero no escuchó nada.
Sus labios dejaron de moverse.
—Sere —la llamó con voz irreconocible.
No hubo respuesta.
—Isabela.
Tampoco hubo respuesta.
—Princesa...
Nada.
Pronunció todos sus nombres, todos sus títulos y todas las formas en que algu