Mundo ficciónIniciar sesiónSoñaba con amor, pero la querían como una reina atada a sus hilos. Amaia Mountbatten creció entre los muros desgastados de una casa que alguna vez simbolizó nobleza y prestigio. Su mundo se reduce al cuidado de su hermana enferma, y al recuerdo de un amigo de la infancia que le prometió enseñarle el mundo, una promesa que aún atesora, a pesar de que él desapareciera de su vida. A causa de las deudas y fracasos de su padre se ve obligada a casarse con Gael Belmonte, un hombre frío y enigmático conocido por su relación escandalosa con una viuda. El heredero de un empresario recién enriquecido que quiere comprar para su hijo un mejor apellido, ambicionando a algo mucho mayor. Gael es el sacrificio que Amaia debe hacer para salvar a su familia. Hasta que el pasado la golpea con una verdad inesperada: Él es aquel chico que una vez conoció. Pero sus ojos ya no reflejan la calidez del pasado. Entonces, ella descubrirá que sus peores temores no se comparan con la verdad: su matrimonio no es sólo un sacrificio, sino el eslabón de un plan enorme que promete estremecerlo todo para restituir a la antigua realeza. ¿Podrá desenterrar al chico que una vez amó bajo la coraza del hombre que ahora la desprecia? ¿O su destino la condenará a la vida de una reina sin amor, atrapada en un juego del que no puede escapar?
Leer másAmaia. La habitación blanca huele a desinfectante y manzanas. Debo recostarme de lado, apoyándome en una almohada suave tras la espalda. Diara corta un trozo de una manzana, pero no deja de sonreír mientras me ofrece una rebanada. —¿Qué es tan gracioso? —pregunto intrigada por su alegría súbita. Ella eleva una ceja. —Es la primera vez que los papeles se invierten. Siempre he sido yo la que está hospitalizada y tú la que cuida. Ahora… me toca a mí. Mis comisuras se estiran para mostrar una sonrisa pequeña. Sus palabras me dejan pensativa. —No es que me alegre de que te hayan disparado —agrega rápido—. Sé que estuviste muy cerca de morir, sólo que… —Lo entiendo —La interrumpo con voz suave—. Y me alegra que estés aquí. Lo que más me importa es que ya no estés enojada conmigo. Diara suspira y deja el cuchillo pequeño sobre el plato. —Estaba enojada, pero tenía razón. No porque fuera una niña caprichosa. Quiero que me trates como una mujer, Amaia. Eso es todo. Le aprieto la mano
Gael.Me mantengo firme frente a la puerta cerrada de la habitación de Amaia. La sensación cálida de la sangre aún permanece en mi piel. Un suave perfume floral irrumpe. Es Diara. Se acerca con un par de bolsas en las manos y una manta doblada sobre el brazo. —Te traje algo de ropa limpia… y comida —dice con una sonrisa. Bajo la mirada hacia las bolsas, luego a ella, asiento con un movimiento leve. —Despertó hoy, hace poco. Ella ofrece una pequeña sonrisa. —Lo sabía. Amaia es fuerte. Ni una bala puede detenerla. Sostengo su mirada unos segundos antes de preguntar:—¿Fue acompañada por los escoltas? —Sí. Gracias por asignarlos —habla con sinceridad evidente—. Gracias por cuidar de nosotras. —No podemos permitir que otro Mountbatten desaparezca. Si Diara desapareciera ahora, su hermana haría otra tontería. —¿Has descubierto algo sobre mi padre? —indaga. —Aún no hay noticias —Es lo que digo, pero sé a la perfección dónde se oculta Jovan… y en qué estado se encuentra. —A pesa
Amaia. La conciencia regresa como un oleaje lento. Mi cuerpo pesa y hay cierto ardor en la espalda. Todo está quieto, es demasiado blanco por lo que la luz parece rebotar con fuerza en las paredes. Huele a desinfectante, es como si me hubiera transportado a un lugar impoluto y pacífico. Parpadeo, pero mis párpados se sienten de plomo. Unos segundos después puedo ver mejor todo a mi alrededor. En definitiva, estoy en una habitación demasiado limpia, elegante, de paredes claras y luz cálida filtrándose por las cortinas ¿Es el hospital? pero si es así no se trata de una habitación común. No es igual a la que Diara acostumbra. Intento incorporarme, pero un pinchazo agudo en el costado me detiene. Gimo por lo bajo. —No se mueva, por favor —dice una voz femenina a mi derecha. Una enfermera, de aspecto tranquilo y cabello rubio se acerca a mí con una tableta en la mano. —Aún necesita reposo. Le informaré al médico que ha despertado. Asiento y aunque mi garganta está seca empiezo a hab
Gael. La sangre resbala por mis dedos, como un recordatorio implacable de lo que está en juego. Amaia estaba entre mis brazos, su cuerpo tibio tiembla, al tiempo en que su aliento parece errático. —¡Amaia! —Grito con una urgencia que me desgarra por dentro. El captor ríe, es una carcajada grave, orgullosa, pero no dura mucho, porque aprieto el gatillo con la rabia que me consume. La bala surca el aire y se incrusta en el pecho del atacante, quien cae al suelo retorciéndose. No lo miro más, en mis brazos está lo único que importa. —Tranquila, te tengo. Cargo a Amaia, devuelvo mis pasos y subo las escaleras como un demonio empujado por el miedo. Al llegar arriba, uno de mis hombres aparece. —Encárgate del herido abajo ¡Ahora!—¡Sí señor!Avanzo sin pensar en algo más. Otro de mis escoltas, que aguardaba junto al vehículo se sorprende al verme. —¡Conduce! ¡Al hospital, ya! —ordeno con desespero. Me subo con ella en la parte trasera. Su traje que de manera evidente no le pertenece
Amaia. Despierto de golpe. El mundo ante mí continúa en oscuridad. Es opresivo y helado. La venda en mis ojos me impide saber en dónde estoy y mis muñecas aún están atrapadas con fuerza. Intento moverme, pero apenas consigo alzar la cabeza. —¿Hola? —susurro con la voz más ronca que antes. Una risa despectiva me responde. —Vaya, ya despertó. Justo cuando íbamos a cortarle la garganta —dice una voz masculina con tono burlesco. Me tenso. Mi aliento se detiene por un instante y trago saliva aunque tengo la garganta seca. — ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué sigo con vida? —Consigo musitar. —Porque el anciano aún no decide. Quizá espera a tener a los otros dos Mountbatten —responde el captor, como si hablara de una entrega de ganado. Aprieto mis ojos, desesperada por alguna señal o indicio de tiempo. —¿Qué hora es? —¿Va tarde a algún evento elegante, su alteza? —Se burla aquel, cuyo rostro no conozco. Guardo silencio, mientras pienso en mi hermana, en si Diara aún estará enfadada
Amaia.El frío es el más intenso que haya experimentado alguna vez en mi vida. La tela del uniforme de servicio es áspera y delgada, mientras que el abrigo que también tomé prestado no ofrece mayor protección. —¿La llevaremos al anciano o debemos eliminarla? Mi cuerpo se estremece, pero ahora creo que es más por aquellas palabras crueles que por el viento frío que llega hasta mí. Tengo las manos atadas y una venda cubre mis ojos. No obstante aún puedo ver la imagen de ese hombre cayendo frente a mí, presionando con angustia su pecho mientras la vida parecía escapársele. No pude ayudarlo. — ¿Quiénes son ustedes? —murmuro con el corazón amenazando con salirse del pecho.. —Debiste amordazarla —suelta uno de ellos. —Hazlo tú, yo me ocuparé del cuerpo del traidor. La náusea se reaviva con intensidad. — ¿Ese hombre está muerto? —No pregunte, su alteza, y permanezca en silencio si no quiere que meta un ratón en su boca. Aprieto los labios entre sí. —Lo está —responde el otro— y si





Último capítulo