Amaia.
Mis manos duelen por los golpes que doy a la puerta, uno tras otro, pero sin ningún efecto. Me detengo al entender que él se ha marchado y me ha dejado aquí encerrada, en un simple baño de su gran mansión, lejos de la multitud que se supone festeja nuestra unión.
Después de unos minutos un sonido tras la puerta me alerta.
— ¡Ábreme, maldito! —Grito volviendo a golpear con más fuerza— Fingías que me habías dejado sola.
— ¿Quién está ahí? —indaga la voz de alguien, un hombre, pero no es