Gael.
La sangre resbala por mis dedos, como un recordatorio implacable de lo que está en juego. Amaia estaba entre mis brazos, su cuerpo tibio tiembla, al tiempo en que su aliento parece errático.
—¡Amaia! —Grito con una urgencia que me desgarra por dentro.
El captor ríe, es una carcajada grave, orgullosa, pero no dura mucho, porque aprieto el gatillo con la rabia que me consume. La bala surca el aire y se incrusta en el pecho del atacante, quien cae al suelo retorciéndose. No lo miro más, e