Mundo ficciónIniciar sesiónAquí encontrarás tres historias: 1. Un error en primera plana 2. Lecciones prohibidas 3. La fragancia del deseo... Un error en primera plana: Lo que pasa en Las Vegas… no siempre se queda en Las Vegas. Hannah Brooks jamás imaginó que despertaría un día con su rostro en todos los noticieros. Al parecer, se había casado. Y no con cualquiera, sino con Teo Benedetti, el actor italiano más irresistible y arrogante de Hollywood, famoso por sus películas y por su interminable lista de conquistas. El verdadero problema no es estar casada ni haber olvidado la boda. Es que, con su reputación en caída libre y los contratos de su próxima película pendiendo de un hilo, su equipo la obliga a mantener el matrimonio para salvar su carrera, aunque eso significa atarse a un hombre que encarna todo lo que siempre juró evitar. Teo Benedetti lo tiene todo: fama, dinero y mujeres. Casarse jamás estuvo en sus planes, y mucho menos con la diva de Hollywood, una mujer con la que nunca ha podido estar en la misma habitación sin discutir… a excepción de aquella noche que lo arrastró a este escándalo. Pero ya no le queda más opción que seguir adelante con la farsa. Obligados a actuar como un matrimonio de verdad, deberán descubrir si la mentira más grande de sus vidas terminará convirtiéndose en un desastre o si, contra todo pronóstico, puede ser el inicio de la historia de amor que todos creen real.
Leer másHannah se despertó con el ruido insistente de su celular. Enterró la cabeza bajo la almohada, rogando que el aparato se callara de una maldita vez. Había dormido tarde repasando sus líneas y apenas le quedaba una semana antes de que sus “días libres” —si es que podían llamarse así— llegaran a su fin. Agradecía tener trabajo después de pasar casi un año en la estocada, sin saber si volvería a pisar un set de filmación, pero hubiese vendido su alma por dormir hasta tarde al menos un sábado.
Soltó un suspiro de alivio cuando el sonido cesó, aunque la paz duró apenas un instante.
—¿Es en serio? —gimió con la voz ronca cuando la vibración volvió a sacudir la mesa de noche—. Esto ya es tortura.
Apartó la almohada de un manotazo y se incorporó, tan solo le faltó dar algunas patadas como una niña pequeña a la que acababan de levantar para ir a la escuela. Con el cabello enmarañado y los ojos aún pesados, agarró el teléfono del velador. Al ver el identificador, apretó los labios antes de contestar.
—Más te vale que sea…
—¿Es cierto? —la interrumpió Avery, su asistente, sin siquiera saludar.
—Buenos días para ti también —replicó Hannah, con un bostezo que no alcanzó a disimular.
—Hannah, dime, por favor, por favor, que no es cierto.
Su cerebro, que apenas comenzaba a desperezarse, intentó descifrar de qué demonios hablaba Avery y por qué sonaba a que estaba perdiendo la cabeza. Pero lo único en lo que podía pensar era en volver a dormir; aunque, si la urgencia en la voz de su asistente era un indicio, la conversación iba a alargarse más de lo que quería.
—¡Hannah!
—Lo haré en cuanto me digas de qué diablos estás hablando. Así que, si puedes ir directo al meollo del asunto para terminar con esto y dejarme dormir en paz, sería fantástico.
—¿No has visto las noticias?
—Acabo de levantarme y sabes que no tengo por costumbre ver las noticias desde…
No terminó la frase, pero sabía que su asistente entendería a qué se refería: el maldito incidente con aquel productor que la había acusado de intentar seducirlo. Como si alguna vez hubiera estado lo bastante desesperada como para acostarse con ese viejo verde. Por supuesto, el mundo no tardó en señalarla como la mujer pecadora que había tentado a un hombre de familia de valores a traicionar a su esposa e hijos.
Las cartas de odio aún continuaban llegando; algunas eran un tanto creativas.
—¡Diablos! Te mando un link ahora mismo. Está literalmente en todas las revistas y en cada canal de televisión.
La notificación apareció en la pantalla. Hannah tragó saliva, sintiendo cómo un nudo incómodo se formaba en su estómago. Lo último que necesitaba un sábado por la mañana era un nuevo escándalo… pero algo le decía que justo eso iba a encontrar. Después de todo, ese parecía ser el resumen de su último año: siempre en el ojo del huracán.
Hannah alejó el celular de su oído, lo puso en altavoz y abrió el enlace para descubrir qué demonios había puesto a Avery en semejante estado.
El sueño desapareció de golpe al leer el titular:
“¡De la alfombra roja al altar! La reina de las polémicas y el galán italiano del momento… ahora son marido y mujer”.
Un nudo se le cerró en el estómago. Pasó por el artículo lo más rápido que pudo, devorando palabras que parecían gritarle en la cara y tuvo que leer una segunda vez para asegurarse de que no se había equivocado. Según la nota, se había casado un par de semanas atrás con Teo Benedetti en una ceremonia privada en Las Vegas. Al final, incluso habían publicado una foto de un supuesto certificado de matrimonio firmado allí, como una broma de mal gusto.
Era cierto que había estado en Las Vegas y que se había cruzado con Teo, pero nada más lo era.
¿Ella, casada con él? Sacudió la cabeza, incrédula ante lo absurdo de la idea.
—Cualquiera pensaría que los medios ya estarían cansados de inventar estupideces sobre mí —bufó—, pero al parecer nunca es suficiente. Incluso se tomaron el tiempo de falsificar un acta de matrimonio. No puedo creerlo.
—¿Así que no es cierto? —Avery sonaba bastante esperanzada.
—¡Por supuesto que no! Él y yo apenas podemos soportarnos en la misma habitación; mucho menos podríamos resistir el tiempo suficiente como para presentarnos ante un juez. Además, jamás me casaría con alguien tan arrogante y mujeriego como Teo Benede…
Se detuvo en seco. Un destello fugaz atravesó su memoria: ella y Teo, tomados de la mano, riendo como dos adolescentes ebrios.
—No creo que te atrevas —había dicho él, con esa sonrisa desafiante.
—¿Es ese un reto? —había replicado ella, avanzando hacia una puerta iluminada… Una capilla.
El recuerdo la golpeó como un relámpago.
—¡Maldición! ¡Maldición!
No. Eso no podía estarle sucediendo.
Las palabras que había pronunciado instantes antes sobre que nunca se casaría con él ahora se burlaban de ella, retándola a repetirlas con la misma seguridad, mientras el mismo recuerdo se repetía en su mente como un vídeo de mala calidad.
—¿Hannah? —la voz de Avery la arrancó del torbellino de imágenes—. ¿Estás bien?
—Bueno… no tengo un anillo.
—¿Y eso qué diablos significa? —la voz de Avery subió un par de tonos.
—Que la noche que pasé en Las Vegas estaba hecha polvo, deprimida, sin saber si conseguiría el papel. Salí a distraerme, tomé unas copas… y me topé con él. Intenté largarme, lo juro, pero ya sabes cómo es: cada vez que coincidimos empezamos a discutir. Bueno, eso hicimos.
Se interrumpió con una mueca.
—Y después… terminó en una ridícula competencia de quién aguantaba más alcohol. Estoy casi segura de que gané.
—¡Hannah, te estás yendo por las ramas! —la cortó Avery con desesperación—. ¿Te casaste o no te casaste con él?
El silencio se estiró unos segundos. Hannah se pasó una mano por el rostro, como si con ese gesto pudiera ordenar el caos en su cabeza. Nada. Solo destellos. Ninguno mostraba el momento en que aceptaba unir su vida a la de Teo, pero eso no significaba que no hubiera ocurrido.
Finalmente, soltó un suspiro resignado.
—No lo sé.
Naomi miró a Ethan en lugar de la pantalla. Él tenía el ceño ligeramente fruncido y los ojos entrecerrados, como si intentara descifrar lo que estaba viendo. Le había mostrado la primera ecografía hacía poco más de dos semanas, pero entendía que todavía le resultara confuso.—Este de aquí es su bebé —explicó la doctora.Entonces, el sonido del corazón del bebé llenó el consultorio.Ethan se giró hacia Naomi con los ojos húmedos. Se inclinó hacia ella y le dejó un beso en la frente.—Gracias por esto, mi amor.Naomi apretó los labios mientras un nudo se formaba en su garganta. Saboreó aquellas palabras y la devoción con la que Ethan las había pronunciado. Le había salido de forma tan natural que no estaba segura de si él siquiera era consciente de haberlo dicho.—¿Está todo bien con nuestro bebé? —preguntó él, volviendo la mirada hacia la doctora.—Sí. Ha crecido adecuadamente y su corazón sigue tan fuerte como en el primer control.La doctora terminó de revisarla y se retiró los guan
Naomi despertó y recorrió la habitación con la mirada. Le tomó unos segundos orientarse y recordar lo que había sucedido.Una sonrisa se extendió por sus labios al ver a Ethan sentado en el mismo sillón que había arrastrado junto a la cama porque se negaba a apartarse de su lado. Tenía la computadora sobre las piernas y la mirada fija en la pantalla, completamente concentrado.—Trabajas demasiado para alguien que se supone que está de vacaciones —musitó.Ethan alzó la vista y le sonrió.—Había algunos asuntos que no podía dejar pendientes, pero no pensaba quedarme más tiempo en la oficina por ellos —explicó. Cerró la laptop y la dejó sobre el velador—. ¿Cómo te sientes?—Bastante bien, de hecho. —Miró hacia la ventana entreabierta por las cortinas. Afuera, el cielo se teñía de tonos anaranjados—. ¿Qué hora es?Ethan revisó su reloj de muñeca.—Las seis y media.Naomi se sorprendió. Algunas tardes el cansancio era insoportable y se permitía una siesta, pero normalmente no dormía más de
Naomi soltó un resoplido mientras trabajaba en las fragancias. Era un día demasiado caluroso y había mantenido el aire acondicionado apagado para preparar algunas de las fragancias relajantes. Las corrientes de aire dispersaban las moléculas aromáticas con demasiada rapidez y alteraban el resultado.No veía la hora de terminar y volver a una zona fresca.Terminó de oler las últimas muestras y salió de la habitación con una sonrisa satisfecha. Pero apenas puso un pie en el pasillo, el aire frío la golpeó de lleno. En lugar de aliviarla, un mareo repentino la obligó a detenerse. Su visión se volvió borrosa y su respiración pesada.—Maldición… —susurró, apoyándose contra la pared mientras sentía que las fuerzas la abandonaban.—¿Está bien, jefa? —preguntó Lainey de inmediato.—No… —la voz de Naomi salió apenas como un susurro.Lainey se acercó rápidamente y la sostuvo antes de que se desplomara.—¡Ethan! —llamó alarmada.—¿Qué sucede? —preguntó él. Eso fue lo último que Naomi escuchó an
Naomi sintió de inmediato cómo le arrebataban la caja de las manos en cuanto se dio la vuelta con ella. Rodó los ojos antes de siquiera ver a Ethan. Ni siquiera lo había escuchado acercarse.—Empiezas a ser molesto —refunfuñó entre dientes.Era mentira. Cada vez le gustaba más tenerlo allí, incluso cuando exageraba al cuidarla. Ethan parecía convencido de que hasta el viento podía hacerle daño.En la última semana y media habían caído en una rutina sin proponérselo. La única vez que no estaba cerca era cuando tenía su sesión virtual con el psicólogo.Almorzaban juntos y, al terminar su jornada, salían a caminar por la playa mientras comían un helado. Después, cenaban con sus padres. Naomi podía notar que ambos empezaban a tomarle cariño, aunque intentaran disimularlo, probablemente por lealtad hacia ella.En los momentos que pasaban juntos, conversaban y bromeaban con una facilidad que, a ratos, parecía peligrosa. Por supuesto, no todas sus conversaciones habían sido agradables. Etha





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