Amaia.
La habitación blanca huele a desinfectante y manzanas. Debo recostarme de lado, apoyándome en una almohada suave tras la espalda. Diara corta un trozo de una manzana, pero no deja de sonreír mientras me ofrece una rebanada.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunto intrigada por su alegría súbita.
Ella eleva una ceja.
—Es la primera vez que los papeles se invierten. Siempre he sido yo la que está hospitalizada y tú la que cuida. Ahora… me toca a mí.
Mis comisuras se estiran para mostrar una