Mundo ficciónIniciar sesiónEligió la vida correcta. La mujer correcta. Carrera, estatus, reputación impecable: todo estaba calculado hasta el último detalle. Marcos no dejaba lugar al azar. Estaba acostumbrado a ganar, a hacer buenos negocios y a no mirar atrás. Pero hace tres años tomó una decisión que debería haberle garantizado la paz. Y perdió a la única mujer que realmente amaba. Eva desapareció de su vida sin explicación, dejando solo un vacío que dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero cuando reaparece, no sola, sino del brazo de otro hombre, el mundo de Marcos se desmorona. Porque ahora Eva es la esposa de su compañero más peligroso. Un hombre que no perdona. Entre ellos: votos matrimoniales, millones, ambiciones y un hijo que mira a Marcos con ojos que él no ha podido olvidar. Y cuando el amor regresa, no pide permiso. Destruye. Quema. Te hace elegir entre el honor y el corazón. Porque hay sentimientos que no se pueden enterrar. Y hay mujeres que no se pueden dejar ir. Aunque ya pertenezcan a otra persona.
Leer másMarcos recorrió el salón como quien evalúa una inversión.
Siempre las mismas caras. Las mismas sonrisas ensayadas. El mismo olor a poder, a dinero antiguo y a ambiciones que nunca dormían.
A muchos de ellos, envueltos de pies a cabeza en trajes impecables de Brioni y Ermenegildo Zegna, los conocía personalmente. Sabía quién mentía mejor, quién debía más de lo que aparentaba y quién estaba desesperado por una alianza que lo salvara de una caída silenciosa. En la primera media hora ya había cumplido con el ritual: saludos firmes, palmadas en el hombro, frases medidas al milímetro.
Los desconocidos podían contarse con los dedos de una mano.
No era casualidad. El círculo empresarial no necesitaba sangre nueva. Y Alejandro Velasco menos que nadie.
Velasco no construía imperios; los absorbía.
Bastaba mirarlo una vez para entenderlo: era de esos hombres que no pedían permiso. Tomaban lo que querían. Y lo que querían solía ser grande. Exclusivo. Intocable.
Un almuerzo discreto habría sido suficiente para presentar el proyecto. Pero Velasco no hacía nada discreto. Había convertido la reunión en un desfile de poder, cifras e influencia. El restaurante más exclusivo de Madrid, luces estratégicamente cálidas, música apenas perceptible, esposas impecables, sonrisas ensayadas.
Entre ellas, la suya.
Marcos la localizó sin querer.
Demasiado joven para ese entorno. Demasiado joven para él.
—Pobrecilla… Seguro se esforzó tanto por quedarse embarazada que no le quedó más remedio que casarse —ironizó Elena con una sonrisa ligera.
Marcos frunció el ceño.
No le interesaban los rumores. Le interesaban los activos. Especialmente el último proyecto, el único que realmente valía la pena.
La asociación era cuestión de tiempo. Sus terrenos heredados inclinaban la balanza. Solo necesitaba el momento exacto. En los negocios, siempre prefería estar un escalón por encima. Nunca pedir. Nunca suplicar.
Control.
Eso era lo único que importaba.
Elena brillaba entre las mujeres de la élite bancaria. Bella. Inteligente. Perfectamente educada para ese mundo.
Guapa. Suya.
La rodeó por la cintura con un gesto automático. Seguro. Controlado. La sintió relajarse bajo su mano, acostumbrada a ese contacto.
Siempre había sabido que Elena sería su esposa. Nivel adecuado. Familia adecuada. Amor correcto.
No como…
El mechero crujió en su mano antes de encenderse. Maldijo en silencio.
No.
Tabú.
Pensarlo era peligroso. Bastaba un recuerdo para que algo se abriera dentro de él, una grieta súbita, una descarga eléctrica que lo dejaba sin aire. Esa felicidad desordenada, salvaje, nunca encajó en su vida perfectamente estructurada.
Eligió estabilidad. Eligió futuro. Eligió bien.
Eso se repetía cada vez.
—Marcos… mira… —la voz de Elena tembló.
Siguió su mirada.
Y el mundo se detuvo.
Ella.
Erguida, demasiado erguida. Sosteniéndose por pura voluntad. La esposa de Velasco.
Eva.
El nombre explotó en su cabeza como una detonación.
No veinte. Veintiuno.
Sabía la fecha exacta. Durante tres años, ese día terminaba borracho.Casualidad, por supuesto.
Su corazón dio un golpe seco, brutal. El aire se volvió espeso.
Alejandro se distrajo conversando con un grupo de inversores y ella quedó momentáneamente sola. Giró la cabeza. Sonrió a alguien. Luego alzó la vista.
Y lo vio.
El espacio implosionó.
El salón desapareció. Las voces se apagaron. Solo quedó esa mirada que lo atravesaba con la misma intensidad que antes, con la misma mezcla de orgullo y dolor.
«¿Qué haces aquí, Eva?»
«Con mi marido. Igual que tú.»
El cuerpo se le tensó hasta doler. Una violencia irracional comenzó a arderle bajo la piel. No contra ella. Contra él. Contra Velasco.
«¿Cómo puedes estar con él?»
No terminó la frase. No podía imaginarlo sin sentir náuseas. La idea de Velasco tocándola le encendió una rabia tan primitiva que le dio miedo reconocerse.
Sacudió la cabeza. Demasiado tarde.
Ya estaba avanzando hacia ella.
No pensó en Velasco.
No pensó en Elena. No pensó en las consecuencias.Solo en la absurda certeza de que Eva no debía estar allí. No junto a ese hombre. No bajo ese apellido.
—Marcos, basta… —susurró ella apenas moviendo los labios.
Entonces comprendió que había hablado en voz alta.
La tenía frente a él. Sus manos, traicioneras, ya apretaban sus hombros. Sintió el calor de su cuerpo a través de la tela, demasiado cercano, demasiado real.
El salón seguía intacto. Las luces, la música, las conversaciones. Solo él se había derrumbado.
—¿Por qué te importo, Marcos? —preguntó ella casi inaudible.
Porque nunca dejé de quererte.
Porque arruiné mi vida por orgullo. Porque no soporto que otro te toque.Pero no supo responder.
—¿Qué sucede aquí? —la voz de Velasco fue fría como acero.
Marcos giró la cabeza lentamente. Por primera vez, sintió algo que nunca había sentido con Elena.
Celos.
Crudos. Viscerales. Incontrolables.
Un instinto posesivo, oscuro, irracional.
Eva reaccionó antes que nadie.
—Todo está bien, Alejandro. Son primos lejanos. Los Arriaga.
El contacto breve de sus dedos con la mano de su marido fue una cuchillada. Marcos observó cómo Velasco entrelazaba sus dedos con naturalidad. Como si le perteneciera.
La sangre le zumbó en los oídos.
Elena intervino, elegante, eficaz, salvando la escena con una sonrisa diplomática. Marcos apenas escuchaba. Solo veía a Eva.
La mujer que pudo haber sido Arriaga.
Si no la hubiera dejado ir.
Si no hubiera elegido la seguridad en lugar del vértigo. Si no hubiera creído que podía sobrevivir sin ella.Salió del salón casi sin respirar.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Una niña chocó contra sus piernas.
Rizos rubios. Ojos enormes.
—¿Cómo te llamas?
—María.
El mundo volvió a romperse.
La reconoció en los ojos. Los mismos. Exactamente los mismos que había visto abrirse por primera vez en una habitación blanca, tres años atrás. Recordó el llanto. Recordó las manos temblorosas. Recordó la decisión que creyó correcta.
María.
No era coincidencia.
El aire le faltó. El pecho le dolió como si algo se estuviera desgarrando por dentro.
—María, ven con mamá —ordenó un guardaespaldas.
—¡Adiós, Marcosss! —pronunció con orgullo la erre recién aprendida.
Sonrió.
Esa sonrisa le atravesó el alma.
Y en ese instante supo que no podía dejarlo así.
No podía entregar a Eva.
No podía entregar a María.No podía fingir que nada de eso le importaba.
Se giró bruscamente.
Una mano con manicura perfecta lo detuvo.
Elena.
—¿La estás celando? —preguntó sin temblar.
No respondió.
Porque no sabía si aquello era celos…
o la certeza brutal de que había cometido el mayor error de su vida.Salió al exterior. El aire frío no apagó el incendio en su pecho.
Durante tres años se convenció de que había elegido bien. Que había ganado. Que la estabilidad era mejor que la pasión.
Había construido una vida impecable para olvidar a Eva.
Y bastó un cruce de miradas para comprender que todo aquello era una fachada.
Si existía un infierno, el suyo no estaba bajo tierra.
Estaba allí mismo.
Con el apellido Velasco.
Y tenía nombre.
Eva.
Sonó el teléfono. Número desconocido.¿Contestar o no?Era tarde.Contestó.Y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.Era ella. Lo supo al instante, aunque al principio no entendía nada. Susurraba, respiraba con dificultad.Marcos ya corría hacia el coche. Solo entendió que estaba mal y que necesitaba ayuda. Introdujo la dirección en el navegador. Subió las escaleras olvidándose del ascensor. Sentía que el corazón iba a romperle el pecho.La encontró acurrucada bajo las mantas, temblando, el cabello desordenado. Y tan dolorosamente cercana que no pudo evitar arrodillarse junto a la cama y apoyar la mejilla en su frente ardiente, acariciándole el pelo.Intentó no mirar el vientre redondeado.— Evita… pequeña… ¿por qué no me llamaste antes?Casi se le detuvo el corazón cuando sus manos rodearon su cuello.— Gracias por venir, Marcos.El calor de ella parecía pasarle al cuerpo, invadirlo por dentro.Y Marcos comprendió, con un sobresalto, lo vacío que había estado por dentro todos
La fiebre no bajaba.**Eva** movió los labios resecos. Tenía una sed insoportable, pero no tenía fuerzas ni siquiera para alcanzar la taza de agua. El té habría sido mejor, claro, pero prepararlo era imposible. Ya había tomado varias pastillas para bajar la fiebre, sin embargo la columna del termómetro seguía subiendo obstinadamente.Tenía frío. Se cubrió con dos mantas, pero no lograba entrar en calor. Miró el termómetro: 39,8. De pronto imaginó con claridad que su pequeña, dentro de ella, también ardía como en un horno. Extendió la mano hacia el teléfono.Temblaba tanto que los dedos no obedecían y fallaban al marcar. Y cuando por fin contestaron, descubrió que apenas podía hablar.— Tengo fiebre… estoy embarazada… —susurró casi inaudible—. Casi treinta y nueve semanas…— Hable más fuerte, señorita —respondió con fastidio la operadora de emergencias—. ¿Fiebre alta? Contacte con su médico de cabecera. Con esos síntomas no enviamos ambulancia. No se le oye nada. Tome un antipirético…
— **Evita**, sal a distraerte, pasea a la muñequita, — Nina le metió dos entradas en la mano y, para asegurarse, le apretó los dedos—. ¡Ya sabes cuánto aman la música!Eva no pudo contener la sonrisa. Le encantaba hablar de su pequeña —por favor, que sea niña— como si no estuviera aún en su vientre, sino ya en sus brazos.Su clienta Nina la estaba convenciendo de ir a la nueva puesta en escena de *El lago de los cisnes*. Iba a asistir con su esposo, pero a él le surgió un viaje urgente a Estados Unidos y Nina se marchaba con él.— Han traído a un coreógrafo invitado especialmente para esta producción, bailan todas nuestras primeras figuras. ¡Tienes que ir!— No tengo con quién… —se defendió Eva, aunque en realidad deseaba ir con toda su alma.Trabajaba muchísimo. Intentaba aceptar encargos grandes mientras el embarazo aún no la limitara demasiado. Más adelante sería más difícil, y quería ahorrar algo de dinero.Habían pasado dos meses desde que supo de la boda de **Marcos del Río**.N
Eva encontró un momento y fue a una clínica. No al “Medical Center”, por supuesto, sino a una pública cercana. Algo no iba bien. Los ataques de náuseas se alternaban con una debilidad extraña; tenía sueño constantemente, incluso se quedaba dormida en el transporte. Podría haberlo atribuido a la ansiedad no tratada —los síntomas encajaban—, pero ¿cómo explicar que el pecho le estuviera creciendo?Le dolía. No era crecimiento, era como si se le hubiera hinchado. Quizá había engordado. O eran las hormonas. Sí, seguro que había engordado… ya ni siquiera podía meter el vientre. Se prometió que, después de la visita al médico, se apuntaría al gimnasio.La médica de cabecera ni siquiera la examinó; la derivó directamente a ginecología.En la sala de espera volvió a asaltarla el sueño. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared.Habían pasado dos meses desde que dejó a Marcos. No se habían vuelto a ver. En la universidad habían comenzado las clases, pero Eva se cambió a modalidad a dist
—¿Elena? ¿Cómo has llegado aquí?—¿Qué quieres decir con cómo? Habías bebido demasiado. Te traje a casa.—No me refiero a eso —la interrumpió Marcos con impaciencia—. ¿Cómo hemos acabado en la misma cama?—¿De verdad no recuerdas nada? —preguntó Elena con voz alterada. Tomó su bata del respaldo de la silla y se la colocó apresuradamente sobre los hombros—. Lo hablamos anoche…—¿Hablar de qué? ¿De acostarnos? ¿Así, sin más?… ¿Y ni siquiera usamos protección?—No imaginaba que estuvieras tan fuera de ti —Elena se levantó, ajustándose la bata. Marcos se sentó en la cama y se sostuvo la cabeza con las manos. Dentro le retumbaba todo, como si pequeñas explosiones estallaran detrás de los ojos—. Perdona. Parece que me equivoqué.—Espera —la sujetó por la muñeca y la miró de frente; ella contenía las lágrimas—. No te enfades. ¿Qué se supone que debía recordar?—Hablamos de nosotros, Marcos. De todo lo que nos une. Hemos cometido muchos errores, los dos. Elegimos a personas que no nos amaban
Marcos regresó al apartamento. El teléfono, el dinero y las llaves seguían en su sitio, y lo invadió una tristeza tan honda que le daban ganas de sentarse y aullar como un lobo. No tenía la menor idea de adónde могла haber ido Eva: aparte de los Bessonov, en la capital no tenía a nadie más, salvo quizá la pelirroja Irka.De pronto, Marcos pensó que últimamente había dejado por completo de interesarse por cómo vivía Eva, con quién se relacionaba. Sabía que vivía con él y que trataba con sus amigos, y eso le había parecido más que suficiente.Recordaba que Irka tenía un novio con el que pensaba mudarse, ¿o iban a casarse? Ya no había a quién preguntarle. El teléfono que Marcos le había comprado a Eva en sustitución del viejo estaba en la balda, junto a las llaves y el dinero; seguramente no había tirado el antiguo y había pasado la tarjeta SIM a aquel. Pero, cuando intentó llamar, una voz seca y sin vida informó de que «el aparato del abonado está apagado». O de verdad estaba apagado… o





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