—Gena, está a solo una manzana, iremos andando —dijo Eva al conductor, que parecía desolado.
El coche se había averiado a una calle de la clínica. Gena insistía en acompañarlas, pero tampoco se atrevía a dejar el vehículo solo, y Eva le prometió que, en cuanto saliera con María de la consulta, lo llamaría enseguida.
En la clínica, a la niña la vieron una psicóloga y un neurólogo. No encontraron nada preocupante; recomendaron rutina, aire fresco y vitaminas, y de eso en la mansión de Valmont hab