Capitulo 2

Ось розширена версія глави (~1100+ слів), із поглибленими внутрішніми переживаннями та чітким драматичним гачком наприкінці:


Evangelina celebraba su libertad.

No era una libertad ruidosa ni heroica. No había brindis multitudinarios ni discursos sobre el futuro. Era algo más íntimo. Más silencioso. Más peligroso.

Ni siquiera entendía cómo podía sentirse tan feliz por aquel piso diminuto que apenas merecía llamarse vivienda. Después de los techos altos y las lámparas de cristal de los Santamaría, aquello parecía una caja de cerillas con pretensiones. Una cocina que cabía en tres pasos. Una cama pegada a la pared. Una ventana que daba a un patio gris.

Pero era suyo.

Su puerta.

Su llave.

Su silencio.

Y el silencio, para alguien que había vivido siempre observada, evaluada y utilizada, era un lujo obsceno.

Había cumplido dieciocho años esa misma mañana. Café con Irina en una cafetería barata, un pastel demasiado dulce y una decisión irrevocable: no depender de nadie. Nunca más.

El dinero del alquiler del piso familiar llegaba puntual cada mes; una herencia modesta que nadie podía arrebatarle sin escándalo. Sus fotografías empezaban a venderse en pequeñas exposiciones locales. No era rica. Ni influyente. Ni importante.

Pero por primera vez en su vida se sentía dueña de algo que no era un papel asignado.

Porque eso había sido durante años.

Un papel.

Los Santamaría reaccionaron solo cuando el taxi apareció frente a la casa.

—Perdóname, cariño, con las elecciones… —se lamentó su tío, abrazándola con ese afecto estudiado que funcionaba mejor frente a las cámaras.

Evangelina sonrió con dulzura perfecta. Todo estaba calculado. La campaña había terminado. Pedro Santamaría ya era concejal. Ella había cumplido su función.

Huérfana digna.

Sobrina agradecida.

Toque humano en los mítines.

Natalia jamás fingió afecto. No lo necesitaba. Su desprecio era elegante, casi artístico. Elena, en cambio, sabía sonreír de manera impecable, tocar un brazo en el momento justo, parecer cálida sin serlo.

—Vamos al Bellagio —propuso su prima tercera aquella noche—. Celebramos como se debe.

Evangelina aceptó.

Entre una cena incómoda con toda la familia y un par de horas con Elena, eligió lo segundo.

Error.

El restaurante estaba lleno de luz dorada y conversaciones suaves. Copas finas. Manteles blancos. Gente que no miraba los precios.

Llevaban casi una hora allí cuando Elena levantó la vista y su expresión cambió.

Fue sutil. Un brillo distinto. Una tensión en la comisura de los labios.

—¿Marcos?

El nombre cayó sobre la mesa como una moneda girando.

Evangelina no sabía quién era Marcos.

Pero su corazón se aceleró sin permiso.

Luego oyó la voz.

Grave. Cálida. Indiferente.

—Pasaba por aquí…

Algo se cerró en su pecho.

No era posible que un desconocido provocara aquello. Aún no lo había mirado y ya sentía calor bajo la piel, una presión dulce y peligrosa que descendía por su columna vertebral.

—Celebramos los dieciocho de Evangelina —dijo Elena.

Dieciocho.

De pronto le parecieron pocos. Ridículos. Inseguros.

—Felicidades —dijo él.

Evangelina alzó la cabeza.

Y el mundo perdió contornos.

No era solo guapo.

Era intensidad contenida.

Era esa clase de hombre que parecía saber exactamente lo que hacía incluso cuando permanecía quieto.

Era presencia.

Apoyaba una mano en la mesa y la otra en el respaldo de la silla de Elena. No la tocaba. Pero la cercaba.

Y esa proximidad le dolió a Evangelina de una forma absurda.

No la había mirado todavía.

Peor.

Sentía su existencia como una corriente invisible que tensaba el aire. Como si el espacio entre ellos tuviera electricidad.

La camarera lo observaba con disimulo torpe. Dos mujeres al fondo hacían lo mismo. Elena sonreía, segura de su territorio.

Evangelina se dijo que aquello no le importaba.

Se mintió con eficacia.

—Cumple años pronto —añadió Elena—. Un aniversario importante.

Marcos no giró la cabeza.

—¿Vendrás este fin de semana? —preguntó a Elena—. Lo celebraremos fuera de la ciudad.

La voz recorrió el cuerpo de Evangelina como una mano invisible.

No quería escucharla.

No quería reaccionar.

No quería que algo dentro de ella despertara justo ahora, cuando acababa de prometerse independencia.

Y entonces ocurrió.

—Evangelina, ¿te vienes también?

Él la miró.

Solo un segundo.

Bastó.

Fue como si alguien hubiera encendido una cerilla dentro de su pecho y la hubiera dejado arder.

Los ojos grises no eran cálidos ni amables. No intentaban gustar. Eran directos. Desnudos. Evaluaban.

La atravesaron.

No con deseo evidente.

No con ternura.

Con interés.

Eso fue peor.

Evangelina sintió que algo en su interior se tensaba como una cuerda demasiado fina.

Se aferró a sus propios dedos bajo la mesa para no temblar. Sonrió. No sabía cómo logró hacerlo.

Marcos ya se había vuelto hacia Elena.

Pero algo había cambiado.

En él también.

Ella lo notó. Aunque no supo explicarlo.

Cuando se fue, el aire regresó a la mesa como después de una tormenta eléctrica.

—¿Te ha gustado? —preguntó Elena con una sonrisa entretenida—. Lleva enamorado de mí desde hace siglos.

Evangelina bebió agua para ganar tiempo.

—No es… nada especial.

Mentira.

El vaso tembló apenas contra sus labios.

—Me pide que me case con él —continuó Elena—, pero no le veo futuro.

Evangelina frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Se peleó con su padre. Lo desheredaron. Orgullo masculino. Drama familiar. Ya sabes.

No, Evangelina no sabía.

Ella sabía lo que era perder a alguien por muerte.

No por orgullo.

Pero algo en esa historia encajó con la mirada que había visto. Con esa mezcla de contención y desafío.

Algo herido.

Algo peligroso.

Aceptó ir al cumpleaños.

Sin regalo.

Sin intención.

Sin comprender por qué sus labios habían dicho que sí antes que su razón.

Cuando salieron del Bellagio, el atardecer teñía la ciudad de cobre. El aire era tibio. La luz suavizaba las fachadas.

Evangelina caminó unos pasos detrás de Elena, intentando recuperar el control de su respiración.

Y entonces lo vio.

Marcos estaba apoyado en su coche, como si no se hubiera marchado del todo. Fumaba despacio, con la tranquilidad de quien nunca tiene prisa.

La miró otra vez.

Esta vez sin disimulo.

Lenta. Detenidamente.

Como si intentara memorizar cada detalle.

El pulso le golpeó en la garganta.

Elena no lo notó. Hablaba por teléfono, riendo.

Evangelina sintió algo extraño.

No era exactamente miedo.

Era reconocimiento.

Como si una parte de ella —una parte que no sabía que existía— hubiera sido vista.

Marcos tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con el zapato y abrió la puerta del coche.

Antes de entrar, habló.

No a Elena.

A ella.

—Nos vemos el fin de semana, Evangelina.

Pronunció su nombre completo.

Sin diminutivos.

Sin condescendencia.

Como si lo estuviera probando.

El coche arrancó.

Evangelina permaneció inmóvil en la acera.

El ruido del motor se alejó. La ciudad siguió respirando con normalidad.

Pero dentro de ella algo no regresó a su sitio.

No entendía por qué aquel desconocido la había mirado como si ya la conociera.

Ni por qué, por primera vez desde la muerte de su madre, lo que sentía no era tristeza.

Era anticipación.

Y peligro.

Esa noche, sola en su piso diminuto, dejó la ventana abierta. El aire frío entró y movió apenas las cortinas.

Intentó convencerse de que aquello no significaba nada.

Que solo era atracción.

Que solo era curiosidad.

Que solo era el inicio torpe de su vida adulta.

Pero mientras apagaba la luz, recordó algo.

Cuando él la miró por primera vez, no parecía sorprendido.

Parecía… preparado.

Como si la hubiera estado esperando.

Evangelina se obligó a reír en la oscuridad.

Qué absurda imaginación.

No tenía la menor idea de que aquel encuentro no había sido casual.

Ni que, años después, ese mismo hombre la miraría de nuevo.

Pero ya no como a una desconocida.

Sino como a la única mujer que jamás debió haber dejado entrar en su vida.

Y tampoco sabía que, en ese instante, mientras ella intentaba dormir, Marcos estaba revisando una fotografía.

Una fotografía suya.

Tomada semanas antes.

Sin que ella lo supiera.

Y sonreía.

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