—¡Marcos, espera! —él ya viraba hacia la salida cuando Elena se lanzó delante de su Ferrari—. ¡No lo hagas, no te pongas al volante!
—Apártate, Elena.
—¡No, Marcos! —rodeó el capó y golpeó el cristal—. ¡No conduzcas!
Marcos bajó la ventanilla con gesto hosco.
—¿Qué quieres?
—No puedes conducir —le agarró la mano y repitió, ya en voz baja—. No vayas a ningún sitio. Necesitas tumbarte. Y, sinceramente, una vía no te vendría mal.
—Tonterías —retiró la mano y se colocó las gafas de sol. Elena lo mi