No pudo mentirle a Marcos. Él la miraba con una expectación tan tensa, con una culpa tan aguda y desgarradora en los ojos, que a Eva no le salió decir: «Sí. Me violaste». Y Marcos lo habría creído; ¿cómo no creerlo?, ella recordaba bien aquel brillo febril y extraño en su mirada.
La tonta pensó que él había perdido la cabeza por ella, y resultó que había recibido una dosis del equivalente femenino de la “viagra”. ¿O era algún otro estimulante? Daba igual. En cualquier caso, Marcos merecía la ve