Seguía doliendo.Aunque Eva sabía desde el principio que sus sentimientos por Marcos estaban condenados, que cada una de sus visitas sería la última y que el propio Marcos en su vida no era más que una coincidencia inexplicable, él volvía a aparecer una y otra vez. Y entonces todos los argumentos razonables se retiraban, llevándose consigo también los pensamientos sensatos.Irina la regañaba, la persuadía, la insultaba incluso, pero no conseguía nada. Eva seguía dejándole entrar en su habitación y en su cuerpo, porque resistirse le parecía estúpido e inútil. En su alma y en su corazón él ya se había atrincherado de verdad, instalado allí sin intención de marcharse, así que ¿qué podían cambiar sus protestas?Si al menos pudiera echarlo de allí, sería otra cosa. Pero por más que Eva lo intentaba, no lo lograba. No es que no lo entendiera: no era ciega. Su relación se reducía exclusivamente al sexo, por el que Marcos le pagaba dinero, por muy cuidadosamente que lo disimulara. Y por eso E
Leer más