Capitulo 3

Evangelina celebraba su libertad.

Ni ella misma entendía cómo podía sentirse tan feliz por aquel piso diminuto que apenas merecía llamarse vivienda. Después de las estancias casi palaciegas de los Santamaría, aquello parecía una caja de cerillas. Pero era suya.

Su puerta.

Su llave.

Su silencio.

Había cumplido dieciocho años esa misma mañana. Café con Irina, un pastel barato y una decisión irrevocable: no depender de nadie.

El dinero del alquiler del piso familiar llegaba puntual cada mes. Sus fotografías empezaban a venderse. No era rica, pero por primera vez en su vida se sentía dueña de algo.

Los Santamaría reaccionaron solo cuando el taxi apareció.

—Perdóname, cariño, con las elecciones… —se lamentó su tío.

Evangelina sonrió. Todo estaba perfectamente calculado. La campaña había terminado. Pedro Santamaría ya era concejal. Ella había cumplido su papel.

Huérfana digna.

Sobrina agradecida.

Toque humano en los mítines.

Natalia jamás fingió afecto. Elena, en cambio, sabía hacerlo con elegancia.

—Vamos al Bellagio —propuso su prima tercera—. Celebramos como se debe.

Evangelina aceptó. Entre una cena incómoda con toda la familia y un par de horas con Elena, eligió lo segundo.

Error.

Llevaban casi una hora en el restaurante cuando Elena levantó la vista y su expresión cambió.

—¿Marcos?

El nombre cayó sobre la mesa como una moneda girando.

El corazón de Evangelina se aceleró sin motivo.

Luego oyó la voz.

Grave. Cálida. Indiferente.

—Pasaba por aquí…

Algo se cerró en su pecho.

No era posible que un desconocido provocara aquello. Aún no lo había mirado y ya sentía calor en la piel, una presión dulce y peligrosa que descendía por su columna.

—Celebramos los dieciocho de Evangelina —dijo Elena.

Dieciocho.

De pronto le parecieron pocos. Ridículos.

—Felicidades —dijo él.

Evangelina alzó la cabeza.

Y el mundo perdió contornos.

No era solo guapo.

Era intensidad contenida.

Era esa clase de hombre que parecía saber exactamente lo que hacía incluso cuando permanecía quieto.

Apoyaba una mano en la mesa y la otra en el respaldo de la silla de Elena. No la tocaba, pero la cercaba. Y esa proximidad le dolió a Evangelina de una forma absurda.

No la había mirado todavía.

Peor.

Sentía su presencia como una corriente invisible que atravesaba el aire y se enroscaba en su piel.

La camarera lo miraba embobada. Dos mujeres al fondo también.

Elena sonreía, dueña de sí misma.

—Cumple años pronto —añadió—. Un aniversario importante.

Marcos no giró la cabeza.

—¿Vendrás este fin de semana? —le preguntó a Elena—. Lo celebraremos fuera de la ciudad.

La voz le recorrió a Evangelina el cuerpo entero.

No quería escucharla.

No quería sentir eso.

Y entonces ocurrió.

—Evangelina, ¿te vienes también?

Él la miró.

Solo un segundo.

Bastó.

Fue como si alguien hubiera prendido una cerilla dentro de su pecho.

Los ojos grises no eran cálidos ni amables. Eran directos. Desnudos. Evaluaban.

La atravesaron.

Evangelina se aferró a sus propios dedos para no temblar.

Sonrió. No sabía cómo.

Marcos ya se había vuelto hacia Elena.

Pero algo había cambiado.

En él también.

Cuando se fue, el aire regresó.

—¿Te ha gustado? —preguntó Elena con una sonrisa entretenida—. Lleva enamorado de mí desde hace siglos.

Evangelina bebió agua para ganar tiempo.

—No es… nada especial.

Mentira.

—Me pide que me case con él —continuó Elena—, pero no le veo futuro.

—¿Por qué?

—Se peleó con su padre. Lo desheredaron. Orgullo masculino. Drama familiar. Ya sabes.

No, Evangelina no sabía.

Solo sabía que algo en su interior había despertado.

Y que no le gustaba.

Aceptó ir al cumpleaños.

Sin regalo.

Sin intención.

Sin comprender por qué sus labios habían dicho que sí antes que su razón.

Cuando salieron del Bellagio, el atardecer teñía la ciudad de cobre.

Evangelina caminó unos pasos detrás de Elena.

Y entonces lo vio.

Marcos estaba apoyado en su coche, como si no se hubiera marchado del todo. Fumaba despacio.

La miró otra vez.

Esta vez sin disimulo.

Lenta. Detenidamente.

Como si intentara recordar su rostro.

El pulso le golpeó en la garganta.

Elena no lo notó. Hablaba por teléfono.

Marcos tiró el cigarrillo, lo aplastó con el zapato y abrió la puerta del coche.

Antes de entrar, dijo algo.

No a Elena.

A ella.

—Nos vemos el fin de semana, Evangelina.

Pronunció su nombre completo.

Sin diminutivos.

Sin condescendencia.

Como si lo saboreara.

El coche arrancó.

Evangelina se quedó quieta en la acera.

No entendía por qué aquel desconocido la había mirado como si ya la conociera.

Ni por qué, por primera vez desde la muerte de su madre, algo dentro de ella no parecía tristeza…

Sino peligro.

Y no tenía la menor idea de que, años después, ese mismo hombre la miraría de nuevo.

Pero ya no como a una desconocida.

Sino como al mayor error de su vida.

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