GIULIA
Marco no me miró ni una sola vez en el trayecto. Su rostro era piedra, impenetrable, como si no cargara en sus manos la ruina de una madre separada de su hija. Intenté aferrarme a su brazo, implorarle, pero él se limitaba a empujarme hacia adelante con una fuerza calculada, seca, sin compasión.
—Por favor, Marco —mi voz se quebró, ahogada en llanto—. No lo hagas. No me encierres. Necesito ver a Isabella. ¡Ella me necesita!
Nada. Ni un gesto, ni una palabra. Como si mi dolor fuera un rui