Me miré al espejo y, por un momento, no supe si la mujer que veía frente a mí era realmente yo.
El vestido blanco caía en ondas suaves hasta el suelo, sencillo pero hermoso, con encaje en las mangas y un velo ligero que apenas rozaba mis hombros. Toqué la tela con las yemas de los dedos, recordando que hacía menos de una semana había usado otro vestido blanco… y qué distinto se sentía ahora.
Entonces, me estaba casando por obligación. Hoy, lo hacía por amor.
Un amor improbable, prohibido, peli