DANTE
El pasillo que conducía a los calabozos estaba en silencio. Un silencio espeso, húmedo, que se pegaba a la piel como un sudor frío. Cada paso que daba resonaba en las paredes de piedra, acompañado del sonido metálico de mis llaves.
No quería sentir nada. Ni rabia, ni compasión, ni culpa.
Sobre todo, no quería sentir lástima.
No por ella.
No por una traidora.
Pero cuando la puerta se abrió y la vi, algo dentro de mí se estremeció.
Giulia estaba sentada en el suelo, encadenada de pies y