El filo de la traición era más agudo que cualquier cuchillo. La tenía frente a mí: Giulia. Hermosa, perfecta… y rota. Sus ojos brillaban al borde de las lágrimas, y lo único que me provocaban era más rabia. Porque detrás de esa fragilidad estaba la mentira, el veneno que me había estado consumiendo sin que me diera cuenta.
La tomé del brazo con fuerza, sin darle espacio a moverse ni a justificarse. No quería escuchar su voz, no todavía. La arrastré por el pasillo hasta mi oficina, sentí cómo te