Miré horrorizada cómo Natalia era arrastrada por Alessandre Romano fuera de la habitación. Isabella seguía mirándome con cara de pocos amigos. Me estaba sacando de mis casillas.
—Si lo hubiera sabido, jamás… —susurré—. Nunca haría daño a Natalia.
Isabella cogió una silla y se sentó enfrente de mí.
—Te creo.
Isabella alzó su teléfono y comenzó a reproducirse la conversación de Jesús conmigo. Abrí los ojos sin entender nada.
—¿Cómo…? —pregunté sin terminar la frase.
—Jorge te quería. Tu teléfono